viernes, 20 de agosto de 2010

Extraños.

Hace meses que salgo a la calle
buscándote,
y, siempre, regreso a casa
temerosa de no haberte visto,
si acaso nos hemos cruzado
en el mismo tiempo y espacio.

Imagino que eres
cada uno de aquéllos
que devuelve
mi mirada implorante.

Pienso que,
quizá,
te escondas
detrás del hombre
que me sonríe, amable,
en el café,
o, del que me sostiene
la puerta de entrada
del edificio en que trabajo.

¿Cómo saber cuál es tu apariencia,
tu olor,
o, incluso, tu carácter,
si jamás nos hemos conocido?
Al menos, todavía.


domingo, 1 de agosto de 2010

De manías y medias naranjas.

Todos tenemos algún tipo de manía o rareza. Algunos casos deberían ser objeto de un estudio psicológico minucioso, mientras que otros incluso pasarían desapercibidos para aquellos mortales que no tienen trato estrecho con dichos sujetos. El ser humano es complicado. A veces se ve irremediablemente arrastrado a realizar ciertas conductas o las mismas conductas que llevan otros a cabo en una peculiar forma.

Paula desarrolló su hábito diferenciador cuando era una adolescente. Explicaré en qué consistía: cuando se irritaba, se estresaba, se ofendía o simplemente una oleada de agobio le subía de las tripas, se ponía las zapatillas de deporte y echaba a andar. Unos cientos de metros o unos pocos kilómetros, dependiendo de la magnitud de la catástrofe emocional.

Si en su etapa púber desquició a sus progenitores el no saber a dónde iba ni cuándo volvería, de mujer adulta le acarreó no pocos problemas románticos. Sus novios duraban lo que tardara en aparecer un brote de ansia por caminar. Las soluciones de las parejas que aguantaron un poquito más fueron esconder las zapatillas, quemarlas en el horno o tirarlas por la ventana.
Hasta que llegó Martín. Alguien dijo alguna vez que cada cual tiene una media naranja y desde entonces, la idea se quedó en las cabezas de muchos.

Paula, la mujer que no exteriorizaba lo que sentía, sino que conducía al cuerpo a la extenuación para que dejara de padecer la mente, conoció a Martín, su media naranja, cuando el afán destructor de los predecesores de este medio cítrico y su propia manía andadora, le habían costado unos veinte pares de deportivas.

Martín le dejaba mucho espacio, cuando veía que ella estaba desbordada, le acercaba las zapatillas en las que previamente había metido en cada pie un papel con una palabra escrita: vuelve/pronto, todo/pasa, y, en unas cuantas ocasiones, los recados que él pensaba hacer cuando saliera: compra/pan, recoge/cartas.
Para cuando ella volvía del paseo, Martín estaba en casa, tranquilo, esperando, y le daba un beso tierno como se les da a los niños revoltosos cuando se comprende que está en su naturaleza ser así de traviesos.

Una tarde, Paula volvió realmente enojada a casa después del trabajo, pero algo había cambiado, tenía ganas de contárselo a Martín, así que se sentó junto a él en el sofá y empezó a hablar. La cuestión es que tenía tantísimo guardado que comenzó el relato con una riña con su mejor amiga cuando tenía 15 años.
Martín se quedó paralizado, sus ojos reflejaban un pánico que nunca había apreciado antes Paula (sí otras novias anteriores y antiguos mejores amigos), cogió la bicicleta y se fue para no volver. Quién sabe si el problema fue que dejaron de ser medias naranjas o que hubo dos palabras que él nunca escribió en sus zapatillas.

martes, 20 de julio de 2010

La muchacha de vestido blanco.

Estuvo parada tanto tiempo en el mismo lugar, esperando a quien prometió llegar y jamás lo haría, que los habitantes del pueblo usaban su figura para dar indicaciones a los visitantes perdidos, a los confundidos y a los ignorantes:

— Ven a la muchacha de pelo corto y vestido blanco allí quieta, pues a la vuelta de la esquina está la plaza mayor/ un par de tiendas más arriba encontrarán la mejor zapatería de la región/ no es una estatua.

Simplemente es alguien que siguió el dicho "la esperanza -y la paciencia, en este caso- es lo último que se pierde".
Pero el saber popular debería haber añadido una advertencia, una nota a pie de página, que especificara que, a veces, se encubre una fe ciega en que sucederá lo que, en el fondo, sabemos que no nos conviene, bajo la apariencia de esperanza. En tales ocasiones, es necesario aniquilar ese ánimo impostor sin compasión, ya que, de no hacerlo, corremos el riesgo de que nos consuma.

sábado, 10 de julio de 2010

Conversation one.


Hombre 1: —¿Te he contado alguna vez la verdadera historia de la llegada del hombre a la luna?


Hombre 2 suspira profundamente, reflejo de un agotamiento repentino.

Hombre 2: —Si tan sólo me la hubieras contado una vez…

Hombre 1: —¡Encima te quejarás! Pocos somos los que conocemos qué pasó en realidad.

Hombre 2: —¿Pero no ves que no es más que un cuento chino? Tanto la “verdadera historia” como la “ficticia” que, según tú, pretendieron “colar” a toda la humanidad. No hubo tal hazaña, la escena se rodó en un plató de Hollywood.

Hombre 1: —¡No digas barbaridades!

Hombre 2: —A ver, recapitulemos: tú conoces la historia…

Hombre 1 le interrumpe y con voz solemne contesta.

Hombre 1: —De boca del propio Neil Amstrong.

Hombre 2 con tono sarcástico repite: —Sí, “de boca del propio Neil Amstrong”.

Hombre 1: —Así es.

Hombre 2: —No sé si podríamos calificar como “fuente fiable” a tu compañera de trabajo, la cual escuchó el relato de su cuñada, quien resulta ser la mejor amiga del primo del fontanero que una vez reparó las cañerías del hombre que un día paseaba por el vecindario del astronauta y, de manera fortuita, oyó cómo le contaba “la verdadera historia” a su nieta.

Hombre 1 se encoge de hombros.

Hombre 1: —Eres un cínico. Ése es tu problema.

Hombre 2: —Que sepas que el portero de la finca de mi tía la de Cuenca tuvo una perra llamada Laika. Sí es cierto que viajó al espacio, pero volvió sana y salva. ¿Quieres que te narre su historia?

Hombre 1 asiente con vehemencia, pareciera que la cabeza fuera a desprenderse del tronco de tanto ímpetu.

Hombre 2: —La recogió de la perrera. Parece ser que los otros perros la discriminaban porque se daba ciertos aires de superioridad.

Hombre 1: —Asombroso.

Hombre 2: —Te estoy tomando el pelo, so bobo. Y por favor, deja decir estupideces, ése sí que sería un gran paso para la humanidad.







jueves, 1 de julio de 2010

Primer aniversario del blog.

El tiempo pasa volando: ya hace un año desde el día que inauguré este lugar. Lo cierto es que no sé muy bien por qué se me ocurrió hacerlo, supongo que la meta era "obligarme" a retomar la afición de escribir y compartir el resultado con más gente.

Siempre he sido bastante escéptica respecto a las emociones que se pueden generar en estos espacios virtuales, así que me he sorprendido gratamente al comprobar que es posible transmitir ilusión y cariño.

Durante este tiempo, lo que más me ha llamado la atención es el abanico de interpretaciones que surgen respecto a los textos. Cuando yo escribo, tengo una idea clara sobre el fondo, pero, de pronto, aparecen comentarios que me descubren visiones que no había ni imaginado. Y eso me encanta.

Además, el blog me ha permitido conocer muchos otros, y descubrir que hay gente que tiene mucho talento, que es muy original en sus historias, que encuentra las palabras exactas, que hace fotos increíbles...

Por todo ello, muchas gracias a todos.

Este aniversario de blog, que simplemente es un día más en el calendario, ha coincidido temporalmente con el cierre de mi etapa universitaria. He hecho las maletas y espero nuevo rumbo.

It's a new dawn, it's a new day, it's a new life, for me, and I'm feeling good.

jueves, 17 de junio de 2010

La elección.

Maldijo el rumbo de su destino
cuando éste rechazó
enseñarle sus cartas.

Se rebeló contra ese modo
cruel
de manejarle:
esposado de pies y manos,
y amordazado,
mientras trataban de convencerle
de que no existía
otra alternativa
más allá
de la marcada de antemano.

Le torturaban asegurándole
que su única opción
era resignarse.

Era empujado
contra su voluntad
a un futuro
del que,
desde su ignorancia,
no podía opinar.

A pesar de ello,
reunió fuerzas
para liberarse
y gritar.
Renegó de lo preparado
y planeado
sin su consentimiento,
reflexionó
y eligió
atreverse
a errar
por sí mismo.

domingo, 6 de junio de 2010

Cosas que pasan (II)

Durante una quincena, en la ciudadenqueambosvivían proyectaron una serie de películas de habla inglesa en versión original subtitulada. La selección era impresionante, el organizador era un reconocido crítico de cine.

Desde el primer día, Arturo, gran cinéfilo, acudió al evento. Como siempre, compró las palomitas y un refresco y se sentó en las últimas filas, esperando disfrutar de la proyección.

Por su parte, Margarita, algo miope, escogió una de las filas más cercanas a la pantalla.

El segundo día, poco antes de que comenzara “Citizen Kane”, Arturo se fijó en la mujer coqueta que se colocaba con cuidado las gafas y se acomodaba en el asiento. Pensó que tenía un aire a Holly Golightly en “Breakfast at Tiffany’s”, así que hasta que empezó la película, se dedicó a observarla, curioso.

El tercer día, ella notó que un par de ojos se clavaban en su nuca. Y se volvió para cruzar, por primera vez, la mirada con un hombre de unos treinta, del cual le extrañó que llevara puesta una gabardina, con el calor que hacía en el interior de la sala. Jamás hubiera imaginado que él pretendía vivir con ella un final como el de la película de Audrey Hepburn, ambos empapados de lluvia y besándose, y quizá luego, bailar como Gene Kelly alrededor de farolas y pisando charcos.

Según pasaban los días y las sesiones, Arturo iba ganando filas, mientras Margarita sacrificaba una visión más nítida, por sentarse más cerca del hombre misterioso.

El penúltimo día del ciclo pasaban “12 Angry men”, y únicamente una fila de desconocidos les separaba.

El último día, Arturo se armó de valor, como los protagonistas de sus películas de samuráis preferidas, y se sentó al lado de Margarita. Aún faltaban unos 10 minutos para que comenzara “Casablanca”, así que, antes incluso de preguntarle su nombre o decirle el propio, le susurró:
—¿Puedo hacerte una pregunta de cine?

Margarita, nerviosa, asintió.

—¿Te gustaría ir alguna vez conmigo? Ya sé que ya estamos en un cine, me refiero a una cita; después podríamos ir a cenar.

Sonrojada, volvió a mover la cabeza de arriba abajo.

— ¿Qué te gustaría ver?

— Sex and the city 2.

En aquel instante, Arturo notó cómo se quebraba su corazón, enamorado del cine. No podía entender cómo a una mujer que venía a un ciclo como ése le pudiera interesar aquel tipo de películas. Y, conteniendo el despecho de la mejor manera que pudo, le preguntó qué película del ciclo le había gustado más:

— La verdad es que vengo para desoxidar mi inglés. El cartel me ha parecido algo aburrido.

Arturo, tremendamente indignado, le escupió en la cara una versión de la mítica frase de Bogart:

— Ni tan siquiera tendremos París.

Y se marchó a la fila trasera de la que nunca debió alejarse.