Fue aquella noche de verano, de lluvia de meteoros, cuando tras descender por la escalera de madera que llevaba al lago, el cielo sembrado de estrellas estuvo a punto de desplomarse sobre mi cabeza. Entonces comprendí que muchos de los problemas mundanos son insignificantes.
lunes, 8 de noviembre de 2010
jueves, 28 de octubre de 2010
Cuéntame un cuento.
Óscar era demasiado pequeño para comprender qué era un "divorcio". Sólo sabía que cuando esa tarde había vuelto del colegio, estaba en su hogar la tía Ester, la hermana de su padre, con dos maletas gigantes. Eran tan grandes que Óscar imaginó que se metía en una de ellas y viajaba por todo el mundo.
De lo poco que consiguió oír de la conversación de los mayores, sacó la conclusión de que su tía había tenido un "lío": parece que había confundido a otro hombre con su marido en varias ocasiones y le había invitado a pasar a su casa; y esto al tito no le hizo demasiada gracia cuando se enteró.
A Óscar le gustaba su tía Ester, porque era divertida, y siempre jugaba con él a juegos inventados, mientras que otros adultos se limitaban a tirarle de los mofletes hasta que le dolían mucho, o le daban besos pringosos con efecto ventosa.
Por eso, el chiquillo se alegró cuando le dijeron sus padres que, temporalmente, iba a ser su nueva compañera de cuarto.
Después de cenar, Óscar le pidió a su tía favorita que le leyera el cuento de Caperucita.
— Está bien.— le dijo con una sonrisa. Y empezó a narrar el cuento.
Cuando la trama estaba justo en el momento en que la niña de caperuza roja se encuentra con el lobo la primera vez, su tía Ester cambió la expresión de su rostro y le preguntó a Óscar:
— ¿No te parece que al lobo le gustaría más un niño tiernito como tú, con esa piel sonrosadita?
Y separando los dedos de ambas manos como si fueran las garras de un temible animal se fue acercando a la cama a paso lento.
— ¡NOOOO! Dile al lobo que en el cuento se come a la abuela, que es más grande y tiene más carne.
Pero eso no detuvo a la tía, que continuaba con la amenaza.
— ¡NOOOOOOOOO!— volvió a gritar Óscar.
Era tarde, pensó Óscar, su tía estaba más y más cerca.
Cuando llegó hasta su sobrinito, Ester comenzó a hacerle cosquillas con los dedos en la barriga y en los pies.
— ¡Noooooo!— imploraba muy bajito, entre carcajadas, Óscar.- Ya no quiero más cuentos, vamos a dormir, anda.
De lo poco que consiguió oír de la conversación de los mayores, sacó la conclusión de que su tía había tenido un "lío": parece que había confundido a otro hombre con su marido en varias ocasiones y le había invitado a pasar a su casa; y esto al tito no le hizo demasiada gracia cuando se enteró.
A Óscar le gustaba su tía Ester, porque era divertida, y siempre jugaba con él a juegos inventados, mientras que otros adultos se limitaban a tirarle de los mofletes hasta que le dolían mucho, o le daban besos pringosos con efecto ventosa.
Por eso, el chiquillo se alegró cuando le dijeron sus padres que, temporalmente, iba a ser su nueva compañera de cuarto.
Después de cenar, Óscar le pidió a su tía favorita que le leyera el cuento de Caperucita.
— Está bien.— le dijo con una sonrisa. Y empezó a narrar el cuento.
Cuando la trama estaba justo en el momento en que la niña de caperuza roja se encuentra con el lobo la primera vez, su tía Ester cambió la expresión de su rostro y le preguntó a Óscar:
— ¿No te parece que al lobo le gustaría más un niño tiernito como tú, con esa piel sonrosadita?
Y separando los dedos de ambas manos como si fueran las garras de un temible animal se fue acercando a la cama a paso lento.
— ¡NOOOO! Dile al lobo que en el cuento se come a la abuela, que es más grande y tiene más carne.
Pero eso no detuvo a la tía, que continuaba con la amenaza.
— ¡NOOOOOOOOO!— volvió a gritar Óscar.
Era tarde, pensó Óscar, su tía estaba más y más cerca.
Cuando llegó hasta su sobrinito, Ester comenzó a hacerle cosquillas con los dedos en la barriga y en los pies.
— ¡Noooooo!— imploraba muy bajito, entre carcajadas, Óscar.- Ya no quiero más cuentos, vamos a dormir, anda.
jueves, 14 de octubre de 2010
El miedo a la tormenta.
La última vez que viví una tormenta con Elena fue hace unos meses, en el piso que yo tenía alquilado en Salamanca. Elena es mi hermana favorita, no en vano es la única que tengo. Como la mayoría de personas que comparten una relación fraternal, encontramos divertido hacernos rabiar mutuamente. Mi hermana sabe perfectamente que tengo miedo a los truenos, no importa que estemos en casa recogidos. Creo que me darían pavor aunque estuviera en un refugio subterráneo.
Aquel día en cuestión, en un arranque de ingenio y de puesta en práctica de sus conocimientos científicos (esos que, desarrollados y madurados, harán que viaje más allá de la atmósfera terrestre en un futuro), encontró un retorcido método de ponerme más nerviosa.
Estábamos las dos sentadas en el sofá verde del salón: en un extremo, yo me acurrucaba tapada con una manta de cuadros beige, y en el otro, ella me daba la espalda mirando hacia la ventana que daba a la calle.
Al rato, cerró ambos puños y comenzó a levantar los dedos de las dos manos, uno a uno, a cada segundo que pasaba, contando los que transcurrían entre que aparecía el fogonazo del rayo y el estruendo del mismo. Y según cuántos dedos hubiera movido, multiplicaba ese número por la velocidad del sonido en el aire (343 kilómetros/segundo), y, con gesto macabro entonaba una cuenta atrás: 5 km, 4 km, 3 km, 2 km.... Mientras, yo trataba de cubrirme hasta la cabeza con la manta, con ese mecanismo ingenuo e inocente de los niños que consiste en equiparar "no ser visto" a "la desaparación del problema".
Desde el butacón que se encontraba un metro más allá, otro inquilino observaba la escena con curiosidad, desviando la mirada de la loca tapada hasta la cabeza, a la chica que estiraba los dedos con sonrisa maléfica.
Finalmente, y para mi descanso, llegó un momento en el que el número creciente de segundos aumentaba mi tranquilidad -la tormenta pasaba-, con lo que mi hermana perdió todo interés en el "juego".
Aquel día en cuestión, en un arranque de ingenio y de puesta en práctica de sus conocimientos científicos (esos que, desarrollados y madurados, harán que viaje más allá de la atmósfera terrestre en un futuro), encontró un retorcido método de ponerme más nerviosa.
Estábamos las dos sentadas en el sofá verde del salón: en un extremo, yo me acurrucaba tapada con una manta de cuadros beige, y en el otro, ella me daba la espalda mirando hacia la ventana que daba a la calle.
Al rato, cerró ambos puños y comenzó a levantar los dedos de las dos manos, uno a uno, a cada segundo que pasaba, contando los que transcurrían entre que aparecía el fogonazo del rayo y el estruendo del mismo. Y según cuántos dedos hubiera movido, multiplicaba ese número por la velocidad del sonido en el aire (343 kilómetros/segundo), y, con gesto macabro entonaba una cuenta atrás: 5 km, 4 km, 3 km, 2 km.... Mientras, yo trataba de cubrirme hasta la cabeza con la manta, con ese mecanismo ingenuo e inocente de los niños que consiste en equiparar "no ser visto" a "la desaparación del problema".
Desde el butacón que se encontraba un metro más allá, otro inquilino observaba la escena con curiosidad, desviando la mirada de la loca tapada hasta la cabeza, a la chica que estiraba los dedos con sonrisa maléfica.
Finalmente, y para mi descanso, llegó un momento en el que el número creciente de segundos aumentaba mi tranquilidad -la tormenta pasaba-, con lo que mi hermana perdió todo interés en el "juego".
martes, 5 de octubre de 2010
Otoño
Llueve fuera.
En el interior de la casa, como por arte de magia, la suave caricia de la aguja del tocadiscos sobre el vinilo que gira sin descanso, hace renacer las notas de una vieja canción. Música que es interrumpida por el sonido de los ataques kamikazes de las gotas de lluvia contra el suelo de la calle y el cristal de la ventana; o, acaso, ¿será al revés?
Esta combinación de melodías deja pensativo a quien se sienta en la butaca del salón. Reflexiona sobre tantos y tantos cambios que ha habido en su vida. La mayoría de ellos sin transición alguna para poder prepararse, para coger impulso, para buscar otro camino. Y sin embargo, hay cosas que permanecieron inalteradas todo ese tiempo, como la lluvia de otoño.
En el interior de la casa, como por arte de magia, la suave caricia de la aguja del tocadiscos sobre el vinilo que gira sin descanso, hace renacer las notas de una vieja canción. Música que es interrumpida por el sonido de los ataques kamikazes de las gotas de lluvia contra el suelo de la calle y el cristal de la ventana; o, acaso, ¿será al revés?
Esta combinación de melodías deja pensativo a quien se sienta en la butaca del salón. Reflexiona sobre tantos y tantos cambios que ha habido en su vida. La mayoría de ellos sin transición alguna para poder prepararse, para coger impulso, para buscar otro camino. Y sin embargo, hay cosas que permanecieron inalteradas todo ese tiempo, como la lluvia de otoño.
lunes, 27 de septiembre de 2010
Cosas que pasan (III)
En un pequeño restaurante de la mágica ciudad de Roma, Adriana recibió una inesperada proposición de matrimonio.
Su primera reacción fue sonrojarse y bajar la mirada. Analizó durante medio minuto su descuidada apariencia: las zapatillas deportivas verdes -las más cómodas que tenía, para poder recorrer la ciudad a pie, que es la manera de no perderse ni un solo rincón-, los pantalones vaqueros holgados y una camiseta de su grupo de música favorito. Por no hablar del pelo: su coleta no lucía igual que cuando se peinó, diez horas antes, frente al espejo del cuarto de baño del hotel, ya que la brisa traidora la había ido descomponiendo a soplidos.
Trató de recuperar la compostura como mejor pudo, y contestó al proponente:
— Camarero, de postre quiero tiramisú, y déjese de boberías, per favore.
Su primera reacción fue sonrojarse y bajar la mirada. Analizó durante medio minuto su descuidada apariencia: las zapatillas deportivas verdes -las más cómodas que tenía, para poder recorrer la ciudad a pie, que es la manera de no perderse ni un solo rincón-, los pantalones vaqueros holgados y una camiseta de su grupo de música favorito. Por no hablar del pelo: su coleta no lucía igual que cuando se peinó, diez horas antes, frente al espejo del cuarto de baño del hotel, ya que la brisa traidora la había ido descomponiendo a soplidos.
Trató de recuperar la compostura como mejor pudo, y contestó al proponente:
— Camarero, de postre quiero tiramisú, y déjese de boberías, per favore.
martes, 21 de septiembre de 2010
Paciencia.
Mientras los latidos del reloj
se acompasan
con el incesante devenir del tiempo,
en ocasiones,
-hecho todo lo humanamente posible-,
el resultado se nos escapa de las manos,
y debemos permanecer inmóviles,
esperando para saber cuál será el desenlace.
se acompasan
con el incesante devenir del tiempo,
en ocasiones,
-hecho todo lo humanamente posible-,
el resultado se nos escapa de las manos,
y debemos permanecer inmóviles,
esperando para saber cuál será el desenlace.
lunes, 13 de septiembre de 2010
La indecisión.
Toda su vida estuvo marcada por una indecisión casi patológica.
Siendo un bebé, su madre se veía obligada a comprarle la gama completa de potitos del mercado, pues su hijito tomaba una cucharada de uno y negaba rotundamente con la cabeza, probaba otro e, ingerida la misma cantidad, rechazaba ese sabor y señalaba con su minúsculo dedo índice otro de los tarros de cristal.
En el colegio, se ganó el puesto de alumno más insoportable. Especialmente irritado con su comportamiento estaba el profesor de Matemáticas, porque el niño siempre contestaba, entre dudas y suspiros, que quizá fuera 7, u 11, o la raíz cuadrada de 22.
De mayor, el sastre tenía que hacer acopio de paciencia para no clavar todas las existencias de alfileres a este cliente cansino que, en un comienzo, quería el traje azul marino, más tarde, gris, luego, de tweed,...
Dada la fama de inseguro que cosechó en vida, no le sorprendió al enterrador que, en el momento en que la tierra iba a tragar el féretro, nuestro protagonista lo abriera y dijera que creía que no quería morir. Pero esta vez, el indeciso se encontró con una persona que no cedía ante caprichos y tontunas y, sobre todo, tremendamente hastiada de ese trabajo tan duro. Así que, muy tranquilo, el enterrador le espetó: "tú ya no tienes voto". Y le cerró la tapa.
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