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viernes, 23 de diciembre de 2011

Realmente sucedió así (II)

Aquellas Navidades, un hombre demacrado, escuálido, con un traje que algún día fue rojo plagado de remiendos, y que no había tomado una ducha desde hacía semanas, bajó por la chimenea de la familia Pérez. Se dirigió con tal ansia en dirección al plato con trocitos de diferentes variedades de turrones, que sus zapatos desgastados y embarrados, tropezaron con el borde de la alfombra y cayó de bruces. El pequeño Luis, que tenía el sueño muy ligero todas las noches de 24 de diciembre, acudió presuroso al salón. Fue una sorpresa tan feliz para el inocente niño, que ignoró el lamentable estado de Papá Noel. A gritos, llamó a sus padres, que aparecieron somnolientos ante la insistencia de su hijo. Se quedaron petrificados. Y en el momento en que la madre ya estaba agarrando el auricular para telefonear a la policía, Luisito comentó alegremente:
-          
         –  Que dice mi amigo Nicolás que necesita un lugar donde vivir.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

Cosas que pasan (VI)

Sus prodigiosas manos acariciaban el teclado del piano de cola, confundiéndose sus dedos con las teclas blancas y negras, cuando, mágicamente, daba vida a las figuras impresas sobre el pentagrama, devolviéndolas al estado etéreo y sonoro en el que las había imaginado su creador. Era el más virtuoso y reputado del país, quizá de todo el continente.  Se comentaba que escucharle en vivo era una experiencia sensorial única, que la música que brotaba del instrumento inundaba toda la sala y se colaba en el interior de los cuerpos de los asistentes.

Y aquella noche, actuaba en su ciudad. Desde hacía meses, ella guardaba recelosamente su entrada, en una cajita de madera sobre la mesita de noche. Se trataba de un concierto benéfico en un glamuroso hotel del centro. Ella luciría el vestido rojo que compró para la boda de su mejor amiga, un par de años atrás. Creía que todas las alabanzas que recibía el músico eran desproporcionadas, que no se trataba más que de una tremenda campaña de márketing, pero, aun así, no quería perderse el evento.

Una vez en el lugar, a la hora indicada, se hizo el silencio cuando apareció un hombre pálido y menudo, caminando con paso lento pero firme hacia el piano del centro del escenario. Se sentó y comenzó la simbiosis. Sus dedos ejecutaban un baile apasionado con las teclas. Y la audiencia extasiada, escuchaba en un estado catatónico, sólo interrumpido por algún profundo suspiro.

En la primera pausa, el pianista reparó en la presencia de nuestra mujer de rojo. Nunca había sentido una emoción tan intensa, ni siquiera cuando logró ejecutar por primera vez sin fallos aquella pieza que se le había resistido durante meses. Entonces, comenzó a tocar para ella de la manera más dulce. Los latidos de los corazones reunidos se acompasaron con la melodía; y ella supo, al instante, que aquella embriagadora música le estaba dedicada en exclusiva. Así que, movida por una fuerza irresistible, fue caminando hacia él, y subió las escaleras que separaban al público del artista. Llegó a su lado en el momento en que él pulsó la última tecla, la última nota. Nervioso, él continuó sentado frente a su fiel compañero.

Entonces, ella pronunció las dos palabras que él había deseado, pero con la voz más estridente y horrible jamás imaginada, insoportable para sus oídos de melómano. Esta circunstancia resultó fatal, el pianista sintió cómo su corazón se quebraba. Y recostando la cabeza sobre las teclas, dejó caer la tapa del piano sobre la misma, repetidamente, hasta perder el conocimiento para siempre.

Imagen de Google

miércoles, 17 de agosto de 2011

Realmente sucedió así


Doce veces repicaron las campanas de la Iglesia. Pese a llevar poco más de una hora en la fiesta, Cenicienta estaba harta: la sala de baile estaba atestada de gente, los taconazos de aguja la estaban torturando y, para colmo, “su príncipe” estaba bailando con absolutamente todas las féminas asistentes, excepto con ella. Era momento de tomar cartas en el asunto: ni corta ni perezosa, liberó uno de sus pies y empleó el zapato como arma arrojadiza, volando éste entre las cabezas de muchos de los presentes. El hecho de que la pobre estuviera ahora descalza a medias, desequilibró su figura y provocó que errara el tiro, salvando al objetivo del zapatazo. Y así fue como, por primera vez en su vida, al de sangre azul le dieron calabazas. ¡Vaya afrenta! No podía permitirse la familia real la mofa que acarrearía la publicidad de la escena. Por ello, uno a uno, entregó a todos los trovadores del reino un puñado de monedas de oro, para que maquillaran la historia.

martes, 9 de agosto de 2011

La historia de los sombreros


Ocultos bajo la capa de la cotidianeidad, pasan desapercibidos algunos objetos. Quizá no tengan un alto valor monetario, pero, las historias que esconden los hacen tremendamente importantes para sus poseedores.

Así sucede con estos sombreros que un día se posaron sobre un jardín en alguna parte de miciudad, bajo el sol abrasador de principios de verano.

Hay dos bombines de procedencia dispar: uno descansó durante un tiempo en una tienda de artículos de broma y fiesta, y debía de significar tan poco para su anterior propietario que lo abandonó en las calles de mi querida Salamanca, donde fue recogido. El otro bombín lo compró mi hermana Elena en un concierto de ese gran cantante español que ha hecho de este tipo de sombrero parte de su imagen: sí, tiene escrito en la cinta negra “Sabina”, aunque para ser del todo rigurosos, hay que añadir que ese concierto formaba parte de la gira conjunta de aquél con el gigante Joan Manuel Serrat, “Dos pájaros de un tiro”.

Entre los dos bombines asoma un panamá que compramos un verano en el que te empeñaste en que querías uno, pero eres demasiado menuda y ninguno te ajustaba bien, ¡te sobraba sombrero! Hasta encontrar éste, que tenía el tamaño adecuado.

Cargado de flores está el sombrerito viajero: no se ha perdido una excursión desde que fue comprado. Recientemente, ha sido testigo de una puesta de sol en una playa gallega, una ronda de pescaíto frito en Cádiz,  un paseo por Las Ramblas o una vuelta por El Retiro. Recuerdos me traen también las flores olorosas que anidan en ese florero improvisado. Siempre he pensado que el olfato es el sentido más evocador de todos: ciertos olores me llevan inexorablemente a los lugares y momentos a los que los he asociado. Por eso, guardo un poquito de cada perfume y esencia cuando estos están casi agotados, para darle cuerda a la memoria. Así, el olor de aquel ambientador de sandía me lleva de vuelta al mes en Nueva Jersey o la canela en rama a las tardes preparando arroz con leche en la cocina familiar.

Volviendo a la columna sombrerera, el blanco con una cinta morada llegó como un regalo precioso por vía postal, rodeado de caramelos y una postal de Elvis. Y debo aclarar que era una treta oculta de su remitente, que sospechaba que yo necesitaba un empujoncito para seguir con este lugar (muchas gracias).

Coronando la pila de sombreros se encuentra uno muy especial: es un regalo para mamá, para que lo luzca en el pequeño huerto que cultiva papá, entre los mejores tomates y calabacines. Ella lo ha paseado aún más, por algunos de los senderos más inaccesibles de nuestra tierra -desfiladeros inclusive-. 
Pero bueno, finalmente, un sombrero nunca sabe cuál va a ser su destino.


viernes, 1 de julio de 2011

Guerreros de a pie

Existen algunos seres humanos que,
ante los puñetazos de la vida,
se transforman,
y más que hombres y mujeres ordinarios,
parecieran los protagonistas
de historias épicas.

Cuando ataca la adversidad,
estos héroes de lo cotidiano,
no se rinden, sino que se convierten 
en construcciones inexpugnables.

Con la cabeza alta,
confiesan sin duda ni balbuceo
sus peores miedos,
que es el primer paso
para derrotarlos.

Jamás se detienen
frente a desdichas y obstáculos,
al contrario:
por graves que sean
con ellos se baten en duelo.

Y lo mejor de todo
es que cualquiera de nosotros
es, en potencia,
una de estas criaturas extraordinarias.


lunes, 20 de junio de 2011

Por alguna razón callé

Propongo que todo aquello que no te dije sufra una combustión espontánea en el momento en que ya no tenga sentido contarlo. Asimismo, esas mitades que guardé para mí cuando sólo confesé a medias, podrían evaporarse cuando ya no importen. ¡Que prescriban las faltas de omisión cuando carezca de valor compartir lo no revelado antes!


                                                      Foto de René Maltête

martes, 17 de mayo de 2011

¡Elige!

Tenía una decisión pendiente. Era una persona pragmática, no de ésas que cogen una moneda y la lanzan al aire, que toman un juego de cartas y eligen una (como en la película 2046), o que echan los dados a volar. 

Ella usaba cuadros estadísticos, enumeraba las opciones en la primera columna y en las siguientes colocaba las prestaciones, que recibirían mayor o menor puntuación por filas. Y tras rellenar todos los datos, los miraba y remiraba. Con un subrayador verde resaltaba los mejores candidatos. Alejaba el folio para darle una nueva perspectiva.  Lo paseaba por toda la casa, como si así alguna de las alternativas fuera a caerse de la hoja, exhausta. 

Entonces, sonaba el teléfono, y aunque, en un primer momento, ella rehusaba contar qué sucedía, el tono agobiado de su voz la delataba siempre, y terminaba confesando: “tengo un jaleo en la cabeza”. Y del otro lado del aparato, él escuchaba paciente, que para eso era un gran amigo, y sentenciaba: “pues sí, vaya quebradero de cabeza”.  Y al acabar la conversación seguía sin saber muy bien qué elegir. 

Se sentaba en sofá, para levantarse a los pocos segundos. 

Al llegar la noche, no podía dormir, imposible dejar de darle vueltas al tema. Mataba las horas de luna leyendo la edición digital de cierto periódico de tirada nacional; y así, al día siguiente, para cuando otros recién conocían las noticias, ella ya tenía hasta una opinión formada “¡qué mundo éste!”. 

Y se despertaba agotada, con toda la tensión en los hombros, como si por ellos la hubieran tendido junto a la ropa mojada. Los ojos se mostraban reticentes a abrirse y el cuerpo no recordaba bien el camino tantas veces repetido, así que el trayecto entre la habitación y la cocina lo hacía en zigzag, chocándose contra una y otra pared del pasillo. El prepararse el desayuno, en otras ocasiones, tarea sencilla y fútil, se convertía en una cadena de despropósitos: al servirse la leche en la taza, vertía la mitad fuera y/o la llenaba demasiado, por no hablar de ese medio minuto extra de microondas que provocaría que se quemara la lengua. 

Maldita sea. El sentido practico se rindió. Y ella tomó la moneda, deshojó la flor o escogió una carta de la baraja. Y también lanzó los dados, para que el azar determinara cuántos minutos necesitaría para darse cuenta de lo terrible que es la indecisión.


martes, 26 de abril de 2011

El incidente

El sonido de la tormenta tras las ventanas no consiguió ocultar el ruido del asalto. Así que mamá bajó las escaleras corriendo para comprobar los daños. Y allí estaban, aún temblando sobre la mesa, las lilas tumbadas, el jarrón de cristal destrozado en innumerables pedazos, y el agua llorando sobre la alfombra, gota a gota.

De pie, al lado de la mesa, el chiquillo travieso, fingía estar sorprendido ante esa visión.

No hicieron falta preguntas, sólo esa mirada inquisitiva que tienen todas las madres.

Entonces, el pequeño cogió su lupa de explorador/coleccionista de sellos e impostando una voz detectivesca rompió el silencio:

— Es un misterio fascinante.

lunes, 4 de abril de 2011

Maravillosamente imperfectos.

Dentro de unos cientos de años, cuando el tiempo ya no se mida en términos tan subjetivos como la duración de un beso, el intervalo entre la última vez que te vi y la próxima ocasión en que pueda abrazarte, cuánto se puede sostener la mirada después de una mentira –quién sabe si piadosa –, sino en cifras huecas, a la par que objetivas –quizá en números romanos, esos nunca pasarán de moda-; en una cadena de montaje, el robot número 1 le preguntará al número 2 por qué se siguen fabricando seres humanos si son ineficientes, dado que su rendimiento y productividad son mínimos, además de ser terriblemente sensibles y frágiles.

En ese momento pseudofilosófico, el robot número 2 moverá una de sus extremidades hidráulicas superiores hacia la cinta transportadora que lleva los ejemplares de un lado a otro de la fábrica, para indicarle al robot número 1 que uno de los sujetos tiene una extraña mueca en la cara:

– Observa, las comisuras de los labios están inclinadas hacia arriba, y esto provoca que unos surcos se formen en sus mejillas. Debe de ser lo que antaño se denominaba “sonrisa”.

Ambos, el robot número 1 y el robot número 2, informarán sin dilación al robot-jefe, que rápidamente ordenará deshacerse del producto defectuoso y poner en cuarentena todo el recinto, no vaya a tratarse de un virus contagioso.

domingo, 27 de marzo de 2011

Interrogatorios.

Estaba tan harta de tener que contestar siempre a las mismas preguntas, que, desde hacía tiempo, no se reconocía en la imagen que reflejaban de ella esas respuestas inmutables que de tan repetidas ya brotaban automáticas.

jueves, 3 de marzo de 2011

Cosas que pasan (V)

Cada dos o tres meses, Jacobo cambia de afición preferida. Ahora tocaba la literatura, así que comenzó a leer la sección de cultura del periódico para informarse acerca de qué autor estaba de moda. Un día, se topó con un gran titular que anunciaba que, en un mes, un afamado escritor visitaría su ciudad, con motivo de la presentación de su última novela. De este escritor, las reseñas destacaban la sobriedad y la elegancia de sus textos. Jacobo sonrió, decidió que leería toda su bibliografía, ya que no había sido un autor muy prolífico, únicamente había publicado cinco novelas, aunque todas de gran calidad, por lo que comentaban los críticos. Comenzó a soñar con acudir a reuniones de intelectuales y participar en sus tertulias cual erudito, mostrando a los otros que él era un gran conocedor de este autor tan relevante.

Acudió a la librería más próxima a su casa y pidió todos los libros que tuvieran en existencias que hubieran nacido de la mente de ese grande. Sin embargo, para su decepción, se habían agotado todas sus novelas, y únicamente disponían de un ejemplar de su autobiografía, aunque le prometieron que en el plazo de una semana llegarían los volúmenes solicitados. Jacobo decidió que leer las memorias le daría un nuevo cariz a la lectura de las obras, una interpretación enriquecida de cada frase.

Según pasaba las páginas, Jacobo iba sintiendo más y más angustia, al comprobar como sus ilusiones se deshacían. El escritor había sido en su infancia un niño enclenque, en su adolescencia un pusilánime y en su época adulta era un hipocondríaco, un pagado de sí mismo y ...un sinvergüenza. De ninguna manera podría leer ninguna de las obras de este engendro, sentenció al cerrar el libro.

Jacobo estaba terriblemente desconsolado. Pero ya que había invertido su tiempo en conocer a fondo a este ser terrible, acudió a la cita vestido con su mejor traje, acompañado de un sombrero y unas gafitas redondas que había comprado para la ocasión, y que le daban un cierto aire bohemio, y en el turno de preguntas, levantó la mano para expresar, de manera solemne:

– Le odio.

viernes, 18 de febrero de 2011

Miss Lonely.

De su época dorada, cuando era la actriz más famosa y querida de la ciudad, tan sólo quedaban unos cuantos recortes de periódicos y revistas, amarillentos por el tiempo. Hoy era una mujer más, olvidada y consumida.
Se despedía del que había sido su hogar durante tantos años, donde tantos éxitos había cosechado. Sentada sola, en un asiento entre las primeras filas del autobús que la devolvería, más vieja y cansada, al lugar donde nació, trataba de reprimir las lágrimas. No quería que el resto de pasajeros la viera llorar. La última actuación de su vida estaba dedicada, en exclusiva, a la ciudad que la había izado a lo más alto para soltarla, cuando se hartó de su presencia, al vacío. Se valió, en su interpretación, de un mecanismo aprendido en teatro: cuando enseñaba al público únicamente su perfil, lloraba por un solo ojo, para no malgastar lágrimas. Así, en ese instante, en el ojo derecho, el único que se apreciaba a través de la ventanilla, comenzó a llover.

jueves, 27 de enero de 2011

Un recuerdo.

A medida que el tiempo va echando tierra sobre los recuerdos, algunos quedan tan enterrados, que parece nunca ocurrieron.

Quizá fuera un sueño que hace unos años y a un océano Atlántico de distancia de dónde se encontraba ahora, presa del miedo a la soledad y a la tristeza, le jurara que si se iba, no podría superarlo. Pero ni ese lance desesperado frenó su marcha. Entonces, aprendió que a veces, sólo a veces, es mejor no decir la verdad. Aunque aquel ultimátum que sentía tan real en aquel momento, resultara, más tarde, una gran mentira.

miércoles, 19 de enero de 2011

Un cuento para ti.

Finalmente, había conseguido domar su salvaje melena ondulada, dándole la forma de un moño de bailarina de ballet, y para que ningún mechón travieso se desbordara, lo rodeó con un lazo rojo. Ahora ya estaba casi lista para salir. Se pintó los labios de rojo y se dirigió a su bar favorito.

El lugar tenía mucho encanto: la decoración, desde el papel pintado de las paredes a los sillones tapizados por enésima vez, estaba tan pasada de moda, que daba al local, paradójicamente, un toque de modernidad.

En el techo, sobre la esquina de la barra, se apreciaba la única ruptura con esa atmósfera bohemia: un router wifi. El dueño del bar sabía que ese trasto estropeaba un poco el ambiente creado, pero era un tipo práctico y no estaba dispuesto a seguir perdiendo clientes en favor del cibercafé que había un par de calles más allá.

Elena se sentó en su ubicación preferida, sacó el portátil de su funda y lo encendió. Pidió un café solo y le recordó al camarero que no quería el sobrecito de azúcar, que a ella le gustaban los sabores auténticos. Comenzó entonces a escribir un email a su hermana Lucía, explicándole que en su última visita al laboratorio había descubierto que el olor a tierra mojada se debía a un hongo del suelo llamado “estreptomyces”. Al enviar esta información, sonrió maliciosamente, sabedora de que acababa de romper cualquier encanto que tuviera para la destinataria ese olor. Pensó, divertida, que la teoría de que la ignorancia es la felicidad, debería tener el siguiente corolario: “En ocasiones, la ignorancia preserva la hermosura de las cosas”.

Para endulzar un poco estas ideas, comenzó a soñar acerca de todos los descubrimientos que le faltaban por realizar.

Y mientras ella divagaba, el resto de mesas fueron ocupadas, así que cuando llegó él, no tenía lugar donde sentarse.

Este nuevo personaje miraba a su alrededor, con cara de decepción, hasta que Elena reparó en su presencia y, a pesar de no conocerle, le indicó con la cucharilla – que, por otra parte, sólo servía para marear la bebida amarga- que podía sentarse frente a ella.

Él se fijó en que la chica de moño de bailarina le hacía señas y, tras darle las gracias, se sentó en el lugar indicado, y pidió una copa de vino tinto.

Cuando llegó el camarero con lo ordenado, él comenzó a agitar la copa con un ligero movimiento de muñeca y presumió ante Elena de conocer, únicamente mediante ese meneo al líquido, si el vino tenía más o menos contenido alcohólico.

Elena respondió, riendo, que ella también lo sabía: dependía de si el vino al caer por la copa formaba lo que se conoce como “lágrima”.

Él se sonrojó al darse cuenta de que había pecado de vanidoso. Al bajar la mirada, se fijó en los curiosos zapatos que llevaba la muchacha: eran planos, cubrían sus tobillos, tenían cordones, eran de ante marrón y pensó que servirían perfectamente para hacer senderismo – e incluso dar volteretas– por cualquier pradera.

Elena se dio cuenta de la atención que recibía su calzado, y a la pregunta no formulada contestó:

– Son para bailar mejor.

lunes, 10 de enero de 2011

Insomnio

Muchas noches, apenas duerme.

En la oscuridad de la habitación, acostado, intercala momentos en que mantiene los ojos abiertos, vigilante por si el sueño viene, con instantes en que los cierra, apretando los párpados con fuerza, frustrado e impaciente.

El mecanismo de contar ovejas parece una broma cruel, cuando el número supera al de churras y merinas que pastan, indiferentes a insomnios ajenos, por los campos de España.

En invierno, pese a la calefacción y a cobijarse bajo sábanas térmicas, dos mantas y un edredón, el frío se le cuela por los huesos. Entonces, su cuerpo recuerda la posición que tomó en el útero materno, y con los codos y las muñecas flexionadas, agarra todas las capas para ajustarlas bien alrededor de su cabeza.
La situación no mejora en verano, ya que las sábanas más finas le producen un calor insoportable y el sudor que emana hace que se conviertan en su segunda piel; cuando las aparta a un lado o simplemente las arranca del colchón, la corriente de aire que provoca le produce escalofríos y vuelve a cubrirse con la sábana empapada, repitiendo el mismo ciclo una y otra vez.

En ambos extremos climáticos, a la mañana siguiente, el resultado es el mismo: tiene todos los músculos doloridos, como si en lugar de haber estado tumbado hubiera participado en unas cuantas peleas.

Dicen que las preocupaciones quitan el sueño, pero últimamente, no tiene ninguna. Bueno, una tan sólo, carecer de preocupaciones. Parece que esto también puede quitar el sueño.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Más vale tarde que nunca.

La melodía del móvil la despertó de un estado de semi inconsciencia. Se encontró a sí misma, sentada al borde de la cama, vestida para salir. A su lado, la vieja maleta de cuero, medio llena-medio vacía, rodeada de varias camisas, vestidos y pantalones, aún unidos a sus respectivas perchas, pero en disposición de ser doblados y empaquetados, en busca de nuevo rumbo. Dos pares de zapatos descansaban sobre la alfombra.

Aún aletargada, pulsó, maquinalmente, la tecla con dibujo verde de su teléfono. Notó en ese instante, que sus manos estaban cálidas, sudorosas y brillantes. Del otro lado, una voz familiar dijo “Hola”. Entonces, quien debiera haber contestado, dejó caer la parte superior de su cuerpo 90 grados, apoyándolo sobre la cama, y colgó.

Confusa, se preguntó cómo había llegado hasta allí la maleta, y quién la habría ido llenando, pues no recordaba haberlo hecho ella misma. Era la única persona en la casa...¿Sería posible que…?

Siempre había querido viajar, pero, la universidad, la falta de dinero, su pareja y el trabajo, en orden cronológico, se lo habían impedido.
Y parecía que, al final, habían ganado la partida los deseos encerrados bajo llave en el lugar más remoto de su inconsciente. Sus anhelos dominaron cada uno de sus músculos.

Tras contemplar por largo rato la maleta a medio hacer, no pudo evitar continuar colocando cada pieza de ropa en su interior.

Terminada esta tarea, se encaminó hacia la puerta.
Sobre la mesa de la entrada estaba su sombrero de cuero. Aquél comprado hacía años, después de un flechazo tras verlo en un escaparate. Jamás lo había usado. Pero, cuando viajaba en sueños, siempre cubría su melena negra.

De nuevo sonó el teléfono, el mismo nombre en la pantalla. La misma voz familiar, esta vez en un tono ligeramente más agresivo, dijo: —¿Por qué me has colgado?
Y en esta ocasión, sí obtuvo respuesta: — Me voy.
— ¿Qué?
— Que me voy.
— Pero… ¿a dónde?
— A cualquier otra parte.

Foto realizada por Ana.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Encontrar la trama.

Después de leer todos los libros de su biblioteca personal, el barón Don Ginés Cambóo decidió convertirse en un reputado escritor.

Sobre la mesa de su despacho dispuso un paquete de folios, y su pluma estilográfica de oro, junto a una cajita de cargas de tinta.

Sin embargo, no se le ocurría trama alguna.

Entonces, cambió de localización: se sentó en el antiguo butacón de su bisabuelo, frente a la chimenea. Pero las musas no aparecieron.

Contrariado, subió a la segunda planta, y se recostó en el diván del siglo XIX. No dio resultado, continuaba sin ideas.

Pasaban los días y los folios seguían vírgenes.

El barón, que acostumbraba a ver sus deseos satisfechos con gran prontitud, estaba desesperado. Recorría su lujosa mansión maldiciendo, con el batín de seda y el pelo canoso alborotados.

Un día, resolvió subir a la última planta y abrir todas las ventanas. Escribió un par de líneas en un folio y lo tiró a través de una de ellas, para luego lanzarse él mismo al vacío.

Encontraron su cadáver, al lado de una hoja manchada de sangre que rezaba: “Al menos, ahora alguien tendrá una historia sobre la que escribir”.

martes, 30 de noviembre de 2010

Cosas que pasan (IV)

Manuel es mi vecino del 5º C. Es un tipo peculiar. A veces, baja a pedirme sal para condimentar las verduras que cocina en su wok. Él es vegetariano. Y yo soy su vecina favorita. Os preguntaréis por qué lo sé. Pues bien, Manuel es claustrofóbico. Jamás ha puesto un pie en el ascensor del bloque, así que baja los cuatro pisos que nos separan y los vuelve a subir, con mi regalo salado. No lo haría si yo no fuera su preferida. Se limitaría a tocar la puerta de Doña Julieta, la viuda del 5º B, o de la familia Fernández del 5º A, por no hablar de los pisos inmeditamente inferiores.

Manuel es bastante despistado. En un par de ocasiones, ha venido a requerirme sal con el salero repletito en la mano. No le dije nada entonces, para no dejarle en evidencia, al pobre. Además, es muy tímido. Sus excursiones a por sal son muy graciosas. Asoma sus ojos azules por encima de sus gafijas y en un tono casi inaudible formula la petición.

Hace unos días que no le veo. La cotilla del 2º A dice que lleva encerrado en su casa dos semanas. Por lo visto, hace un mes, cuando Manuel estaba en pleno trote por el parque, como manda su rutina deportiva dominguera, se cruzó con una mujer de la que quedó prendado. Este Manuel, si es que de un enamoradizo... Pero, por culpa de su falta de arrojo, no se atrevió a preguntarle su nombre, mucho menos si quería ir al cine, a tomar un café o a bailar un twist. Lo único que hizo mi querido vecino fue ir a correr al mismo parque el domingo siguiente, esperando volver a encontrarla. Como en la primera vuelta no sucedió, recorrió otras cuatro. En la última de las cuales, más que correr, se dejaba llevar por la inercia y el poco viento que soplaba. Finalmente, el paisaje comenzó a difuminarse y se desmayó. Cuando recobró la consciencia, dolorido y agotado, consumió sus últimas fuerzas en gritar:

— ¡EL AMOR ES PERJUDICIAL PARA LA SALUD!

lunes, 8 de noviembre de 2010

Las Perseidas.

Fue aquella noche de verano, de lluvia de meteoros, cuando tras descender por la escalera de madera que llevaba al lago, el cielo sembrado de estrellas estuvo a punto de desplomarse sobre mi cabeza. Entonces comprendí que muchos de los problemas mundanos son insignificantes.


jueves, 28 de octubre de 2010

Cuéntame un cuento.

Óscar era demasiado pequeño para comprender qué era un "divorcio". Sólo sabía que cuando esa tarde había vuelto del colegio, estaba en su hogar la tía Ester, la hermana de su padre, con dos maletas gigantes. Eran tan grandes que Óscar imaginó que se metía en una de ellas y viajaba por todo el mundo.

De lo poco que consiguió oír de la conversación de los mayores, sacó la conclusión de que su tía había tenido un "lío": parece que había confundido a otro hombre con su marido en varias ocasiones y le había invitado a pasar a su casa; y esto al tito no le hizo demasiada gracia cuando se enteró.

A Óscar le gustaba su tía Ester, porque era divertida, y siempre jugaba con él a juegos inventados, mientras que otros adultos se limitaban a tirarle de los mofletes hasta que le dolían mucho, o le daban besos pringosos con efecto ventosa.

Por eso, el chiquillo se alegró cuando le dijeron sus padres que, temporalmente, iba a ser su nueva compañera de cuarto.

Después de cenar, Óscar le pidió a su tía favorita que le leyera el cuento de Caperucita.

— Está bien.— le dijo con una sonrisa. Y empezó a narrar el cuento.

Cuando la trama estaba justo en el momento en que la niña de caperuza roja se encuentra con el lobo la primera vez, su tía Ester cambió la expresión de su rostro y le preguntó a Óscar:
— ¿No te parece que al lobo le gustaría más un niño tiernito como tú, con esa piel sonrosadita?

Y separando los dedos de ambas manos como si fueran las garras de un temible animal se fue acercando a la cama a paso lento.

— ¡NOOOO! Dile al lobo que en el cuento se come a la abuela, que es más grande y tiene más carne.

Pero eso no detuvo a la tía, que continuaba con la amenaza.

— ¡NOOOOOOOOO!— volvió a gritar Óscar.

Era tarde, pensó Óscar, su tía estaba más y más cerca.
Cuando llegó hasta su sobrinito, Ester comenzó a hacerle cosquillas con los dedos en la barriga y en los pies.

— ¡Noooooo!— imploraba muy bajito, entre carcajadas, Óscar.- Ya no quiero más cuentos, vamos a dormir, anda.