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viernes, 1 de julio de 2011

Guerreros de a pie

Existen algunos seres humanos que,
ante los puñetazos de la vida,
se transforman,
y más que hombres y mujeres ordinarios,
parecieran los protagonistas
de historias épicas.

Cuando ataca la adversidad,
estos héroes de lo cotidiano,
no se rinden, sino que se convierten 
en construcciones inexpugnables.

Con la cabeza alta,
confiesan sin duda ni balbuceo
sus peores miedos,
que es el primer paso
para derrotarlos.

Jamás se detienen
frente a desdichas y obstáculos,
al contrario:
por graves que sean
con ellos se baten en duelo.

Y lo mejor de todo
es que cualquiera de nosotros
es, en potencia,
una de estas criaturas extraordinarias.


domingo, 27 de marzo de 2011

Interrogatorios.

Estaba tan harta de tener que contestar siempre a las mismas preguntas, que, desde hacía tiempo, no se reconocía en la imagen que reflejaban de ella esas respuestas inmutables que de tan repetidas ya brotaban automáticas.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Encontrar la trama.

Después de leer todos los libros de su biblioteca personal, el barón Don Ginés Cambóo decidió convertirse en un reputado escritor.

Sobre la mesa de su despacho dispuso un paquete de folios, y su pluma estilográfica de oro, junto a una cajita de cargas de tinta.

Sin embargo, no se le ocurría trama alguna.

Entonces, cambió de localización: se sentó en el antiguo butacón de su bisabuelo, frente a la chimenea. Pero las musas no aparecieron.

Contrariado, subió a la segunda planta, y se recostó en el diván del siglo XIX. No dio resultado, continuaba sin ideas.

Pasaban los días y los folios seguían vírgenes.

El barón, que acostumbraba a ver sus deseos satisfechos con gran prontitud, estaba desesperado. Recorría su lujosa mansión maldiciendo, con el batín de seda y el pelo canoso alborotados.

Un día, resolvió subir a la última planta y abrir todas las ventanas. Escribió un par de líneas en un folio y lo tiró a través de una de ellas, para luego lanzarse él mismo al vacío.

Encontraron su cadáver, al lado de una hoja manchada de sangre que rezaba: “Al menos, ahora alguien tendrá una historia sobre la que escribir”.

jueves, 17 de junio de 2010

La elección.

Maldijo el rumbo de su destino
cuando éste rechazó
enseñarle sus cartas.

Se rebeló contra ese modo
cruel
de manejarle:
esposado de pies y manos,
y amordazado,
mientras trataban de convencerle
de que no existía
otra alternativa
más allá
de la marcada de antemano.

Le torturaban asegurándole
que su única opción
era resignarse.

Era empujado
contra su voluntad
a un futuro
del que,
desde su ignorancia,
no podía opinar.

A pesar de ello,
reunió fuerzas
para liberarse
y gritar.
Renegó de lo preparado
y planeado
sin su consentimiento,
reflexionó
y eligió
atreverse
a errar
por sí mismo.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Menú a 3 €.

En un restaurante de decoración estrambótica,
hoy se han reunido varias personas
no menos esperpénticas.

Agrupadas en mesas de cuatro
lloran desconsoladamente,
sirviéndose de grandes cajas de pañuelos
que hay en cada mesa,
para enjugar sus lágrimas.

Parecen estar compitiendo,
por ver quién está más compungido,
porque a veces levantan los ojos rojos,
maltratados por tanta lágrima,
y miran recelosamente
al resto de candidatos a plañideras,
y como ven que ellos tampoco pueden contener el llanto,
comienzan un berrinche aún más sonoro
y descorazonador.

Difícil alcanzar a comprender
cómo hay tanto llorón concentrado
en tan poco espacio,
si no fuera porque hoy la pizarrita
donde cada día se escribe el menú reza:
"Autocompasión, toda la que sean capaces de soportar, por 3€".

viernes, 9 de octubre de 2009

La reencarnación.

Le resultaba imposible adaptarse a su nueva vida.
Era comprensible,
en la anterior fue un perro llamado Rufo,
y, en la penúltima, una planta carnívora.
No recordaba haber sido jamás un ser humano.
Era insoportable sentir,
vivir una maraña de emociones;
no estaba preparado para el amor y el dolor,
la ternura y la ira,
la alegría y el desaliento.
Así que compró un revólver
y decidido a volver a probar suerte,
se pegó un tiro en la sien.

miércoles, 26 de agosto de 2009

El curioso impacto del transcurso del tiempo.

Nacemos.

Durante breves años somos unos niños, ingenuos, ilusos, confiados, quizá juguetones, quizá tímidos, quizá traviesos, quizá cariñosos…

Con el devenir del tiempo y los episodios vitales, maduramos y perdemos nuestra antigua magia para convertirnos en adultos, medianamente responsables o dejados, puede que exitosos, o sin hogar, fumadores, vegetarianos, impuntuales, quisquillosos, alegres, pacifistas, o extrovertidos, …

Cuando llega la senectud, los años ya han marcado con dureza nuestro cuerpo: canas, arrugas, flacidez, kilitos de más,… Y para algunos llega la inseguridad porque ocultan estos signos de experiencia, pretendiendo ser lo que han dejado de ser o convirtiéndose, por efecto del exceso de reparaciones, en lo que nunca fueron.

Finalmente, en los estertores de la vejez y, por ende, de la vida, volverá nuestra mente a la edad pueril, aunque seremos unos viejos resabiados.


[Quiero acompañar este texto de la canción "When I'm sixty four" de los Beatles.
Si una imagen vale más que 1.000 palabras, ¿por cuántas palabras vale una canción?]



Para dos personas viejecitas muy queridas.