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viernes, 11 de marzo de 2011

The nest of lovers (El nido de los amantes)

"(...)
Y yo te veo porque yo te quiero.
No era la juventud, era el amor
cuando entonces viví sin darme cuenta
con tu manera de mirar al viento,
al fruto verdadero. Viste arañas
donde siempre hubo música
lejos de tantos sueños que iluminan
esa manera de mirar las puertas
con la sorpresa de su certidumbre,
pálida el alma donde nunca hubo
oscuridad sino agua
y danza.

(...)

Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
Alza tu cara ahora a medio viento
con transparencia y sin destino en torno
a la promesa de la primavera,
los manzanos con júbilo en tu cuerpo
que es armonía y es felicidad,
con la tersura de la timidez
cuando se hace de noche y crece el cielo
y el mar se va y no vuelve
cuando ahora vivo la alegría nueva,
muy lejos del recuerdo, el dolor solo,
la verdad del amor que es tuyo y mío."

Claudio Rodríguez.

lunes, 3 de mayo de 2010

Eso era amor.

Le comenté:
— Me entusiasman tus ojos.

Y ella dijo:
— ¿Te gustan solos o con rimel?

— Grandes,
respondí sin dudar.

Y también sin dudar
me los dejó en un plato y se fue a tientas.


Ángel González.

martes, 15 de diciembre de 2009

¿Cómo debería sentirme?

Dices que estoy
a la defensiva
como un animalillo acorralado.
Dices que parece que
quiero increpar
a cada transeúnte
que pasa a mi lado.

Dices que parezco
ese Ismael acelerado
que nos presenta Melville
al inicio del relato ballenero,
ése que quiere quitarle a la gente el sombrero.

Dices que temes
que la rabia
que se va mezclando
con mi sangre
y se va irrigando por mi cuerpo,
me envenene.
Dices que no quieres
que llegue el día
en que la ira
que por mí fluya
sea tal
que explote
y me destruya.

Y frente a los desastres que suceden
cada día,
¿sería más correcto que sintiera apatía?

lunes, 9 de noviembre de 2009

Menú a 3 €.

En un restaurante de decoración estrambótica,
hoy se han reunido varias personas
no menos esperpénticas.

Agrupadas en mesas de cuatro
lloran desconsoladamente,
sirviéndose de grandes cajas de pañuelos
que hay en cada mesa,
para enjugar sus lágrimas.

Parecen estar compitiendo,
por ver quién está más compungido,
porque a veces levantan los ojos rojos,
maltratados por tanta lágrima,
y miran recelosamente
al resto de candidatos a plañideras,
y como ven que ellos tampoco pueden contener el llanto,
comienzan un berrinche aún más sonoro
y descorazonador.

Difícil alcanzar a comprender
cómo hay tanto llorón concentrado
en tan poco espacio,
si no fuera porque hoy la pizarrita
donde cada día se escribe el menú reza:
"Autocompasión, toda la que sean capaces de soportar, por 3€".

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Noche de luna llena.

La luna llena iluminaba la noche
y el cuerpo femenino,
pálido y desnudo,
que yacía a su lado.

Estaba sumida en un profundo sueño,
que sólo se distinguía de la muerte
por su respiración acompasada
y el calor que rezumaba.

Él no quería dormirse,
temía que al despertar,
ese cuerpo frágil y blanquecino
hubiera desaparecido
para siempre.

Pero al final,
le atrapó Morfeo
cuando quiso,
curioso,
conocer el número exacto de lunares
que decoraban su belleza.

sábado, 31 de octubre de 2009

Nada te queda.

De sus posesiones,
muebles e inmuebles,
fue despojado.

Los coches caros,
el jet privado,
el piso céntrico en la capital,
y las casas en las playas
de cada una de las grandes ciudades costeras
de España,
fueron embargados.

Le arrebataron la ropa de diseño italiano,
las joyas,
y los cuadros de Dalí y Picasso.

Aún así, asistió impasible
al expolio.

Hasta que el último día de su existencia,
ya entre rejas,
sentenciado y condenado,
por ser el mayor de los corruptos
(que tiene su mérito,
hoy hay muchos)
le dio un ataque mortal de risa
cuando se miró en el espejo
y se dio cuenta
de que lo más valioso que poseía
había sido cercenado por él mismo
pues hace tiempo que ni dignidad tenía.

viernes, 9 de octubre de 2009

La reencarnación.

Le resultaba imposible adaptarse a su nueva vida.
Era comprensible,
en la anterior fue un perro llamado Rufo,
y, en la penúltima, una planta carnívora.
No recordaba haber sido jamás un ser humano.
Era insoportable sentir,
vivir una maraña de emociones;
no estaba preparado para el amor y el dolor,
la ternura y la ira,
la alegría y el desaliento.
Así que compró un revólver
y decidido a volver a probar suerte,
se pegó un tiro en la sien.

viernes, 2 de octubre de 2009

La triste bella durmiente.

Cuando llegó la estación del dolor,
hibernó.
Pasó las horas durmiendo,
refugiada en los sueños
que tejía su subconsciente,
hasta que éste asimiló
que él ya no la quería.




miércoles, 9 de septiembre de 2009

La muerte.

Sombras que se tornan vida eterna,
infierno,
o tal vez, sólo pensamientos,
ideas enterradas en tierra infértil,
desolada,
que cubre desdichas,
cicatriza heridas,
con dolor
y miedo.

Manos frías, rostro enjuto,
la muerte espera siniestra
tras un traje de luto,
como el lugar al que nos lleva,
en el que nos encierra
y condena.

Al fin y al cabo,
ése es su trabajo,
al polvo del que nacimos
nos devuelve,
majestuosa y altiva,
ella,
la muerte.

viernes, 10 de julio de 2009

Unos cuerpos son como flores.

Unos cuerpos son como flores,
otros como puñales,
otros como cintas de agua;
pero todos, temprano o tarde,
serán quemaduras que en otro cuerpo se agranden,
convirtiendo por virtud del fuego a una piedra en un
hombre.

Pero el hombre se agita en todas direcciones,
sueña con libertades, compite con el viento,
hasta que un día la quemadura se borra,
volviendo a ser piedra en el camino de nadie.

Yo, que no soy piedra, sino camino
que cruzan al pasar los pies desnudos,
muero de amor por todos ellos;
les doy mi cuerpo para que lo pisen,
aunque les lleve a una ambición o a una nube,
sin que ninguno comprenda
que ambiciones o nubes
no valen un amor que se entrega.

Luis Cernuda.

(Mañana os explicaré el signficado de este poema para mí.)


jueves, 9 de julio de 2009

Cadáver ínfimo

Se murió diez centímetros tan sólo:
una pequeña muerte que afectaba
a tres muelas careadas y a una uña
del pie llamado izquierdo y a cabellos
aislados, imprevistos.
Oraron lo corriente, susurrando:
«Perdónalas, Señor, a esas tres muelas
por su maldad, por su pecaminosa
masticación. Muelas impías,
pero al fin tuyas como criaturas.»
Él mismo estaba allí,
serio, delante
de sus restos mortales diminutos:
una prótesis sucia, unos cabellos.
Los amigos querían consolarle,
pero sólo aumentaban su tristeza.
«Esto no puede ser, esto no puede
seguir así. O mejor dicho:
esto debe seguir a mejor ritmo.
Muérete más. Muérete al fin del todo.»
Él estrechó sus manos, enlutado,
con ese gesto falso, compungido,
de los duelos más sórdidos.
«Os juro
—se echó a llorar, vencido por la angustia—
que yo quiero morir mi sentimiento,
que yo quiero hacer piedra mi conducta,
tierra mi amor, ceniza mi deseo,
pero no puede ser, a veces hablo,
me muevo un poco, me acatarro incluso,
deducen que estoy vivo,
mas no es cierto:
vosotros, mis amigos,
deberíais saber que, aunque estornude,
soy un cadáver muerto por completo.»

Dejó caer los brazos, abatido,
se desprendió un gusano de la manga,
pidió perdón y recogió el gusano
que era sólo un fragmento
de la totalidad de su esperanza.


Ángel González.