"(...)
Y yo te veo porque yo te quiero.
No era la juventud, era el amor
cuando entonces viví sin darme cuenta
con tu manera de mirar al viento,
al fruto verdadero. Viste arañas
donde siempre hubo música
lejos de tantos sueños que iluminan
esa manera de mirar las puertas
con la sorpresa de su certidumbre,
pálida el alma donde nunca hubo
oscuridad sino agua
y danza.
(...)
Y yo te veo porque yo te quiero.
Es el amor que no tiene sentido.
Alza tu cara ahora a medio viento
con transparencia y sin destino en torno
a la promesa de la primavera,
los manzanos con júbilo en tu cuerpo
que es armonía y es felicidad,
con la tersura de la timidez
cuando se hace de noche y crece el cielo
y el mar se va y no vuelve
cuando ahora vivo la alegría nueva,
muy lejos del recuerdo, el dolor solo,
la verdad del amor que es tuyo y mío."
Claudio Rodríguez.
viernes, 11 de marzo de 2011
jueves, 3 de marzo de 2011
Cosas que pasan (V)
Cada dos o tres meses, Jacobo cambia de afición preferida. Ahora tocaba la literatura, así que comenzó a leer la sección de cultura del periódico para informarse acerca de qué autor estaba de moda. Un día, se topó con un gran titular que anunciaba que, en un mes, un afamado escritor visitaría su ciudad, con motivo de la presentación de su última novela. De este escritor, las reseñas destacaban la sobriedad y la elegancia de sus textos. Jacobo sonrió, decidió que leería toda su bibliografía, ya que no había sido un autor muy prolífico, únicamente había publicado cinco novelas, aunque todas de gran calidad, por lo que comentaban los críticos. Comenzó a soñar con acudir a reuniones de intelectuales y participar en sus tertulias cual erudito, mostrando a los otros que él era un gran conocedor de este autor tan relevante.
Acudió a la librería más próxima a su casa y pidió todos los libros que tuvieran en existencias que hubieran nacido de la mente de ese grande. Sin embargo, para su decepción, se habían agotado todas sus novelas, y únicamente disponían de un ejemplar de su autobiografía, aunque le prometieron que en el plazo de una semana llegarían los volúmenes solicitados. Jacobo decidió que leer las memorias le daría un nuevo cariz a la lectura de las obras, una interpretación enriquecida de cada frase.
Según pasaba las páginas, Jacobo iba sintiendo más y más angustia, al comprobar como sus ilusiones se deshacían. El escritor había sido en su infancia un niño enclenque, en su adolescencia un pusilánime y en su época adulta era un hipocondríaco, un pagado de sí mismo y ...un sinvergüenza. De ninguna manera podría leer ninguna de las obras de este engendro, sentenció al cerrar el libro.
Jacobo estaba terriblemente desconsolado. Pero ya que había invertido su tiempo en conocer a fondo a este ser terrible, acudió a la cita vestido con su mejor traje, acompañado de un sombrero y unas gafitas redondas que había comprado para la ocasión, y que le daban un cierto aire bohemio, y en el turno de preguntas, levantó la mano para expresar, de manera solemne:
– Le odio.
Acudió a la librería más próxima a su casa y pidió todos los libros que tuvieran en existencias que hubieran nacido de la mente de ese grande. Sin embargo, para su decepción, se habían agotado todas sus novelas, y únicamente disponían de un ejemplar de su autobiografía, aunque le prometieron que en el plazo de una semana llegarían los volúmenes solicitados. Jacobo decidió que leer las memorias le daría un nuevo cariz a la lectura de las obras, una interpretación enriquecida de cada frase.
Según pasaba las páginas, Jacobo iba sintiendo más y más angustia, al comprobar como sus ilusiones se deshacían. El escritor había sido en su infancia un niño enclenque, en su adolescencia un pusilánime y en su época adulta era un hipocondríaco, un pagado de sí mismo y ...un sinvergüenza. De ninguna manera podría leer ninguna de las obras de este engendro, sentenció al cerrar el libro.
Jacobo estaba terriblemente desconsolado. Pero ya que había invertido su tiempo en conocer a fondo a este ser terrible, acudió a la cita vestido con su mejor traje, acompañado de un sombrero y unas gafitas redondas que había comprado para la ocasión, y que le daban un cierto aire bohemio, y en el turno de preguntas, levantó la mano para expresar, de manera solemne:
– Le odio.
viernes, 18 de febrero de 2011
Miss Lonely.
De su época dorada, cuando era la actriz más famosa y querida de la ciudad, tan sólo quedaban unos cuantos recortes de periódicos y revistas, amarillentos por el tiempo. Hoy era una mujer más, olvidada y consumida.
Se despedía del que había sido su hogar durante tantos años, donde tantos éxitos había cosechado. Sentada sola, en un asiento entre las primeras filas del autobús que la devolvería, más vieja y cansada, al lugar donde nació, trataba de reprimir las lágrimas. No quería que el resto de pasajeros la viera llorar. La última actuación de su vida estaba dedicada, en exclusiva, a la ciudad que la había izado a lo más alto para soltarla, cuando se hartó de su presencia, al vacío. Se valió, en su interpretación, de un mecanismo aprendido en teatro: cuando enseñaba al público únicamente su perfil, lloraba por un solo ojo, para no malgastar lágrimas. Así, en ese instante, en el ojo derecho, el único que se apreciaba a través de la ventanilla, comenzó a llover.
Se despedía del que había sido su hogar durante tantos años, donde tantos éxitos había cosechado. Sentada sola, en un asiento entre las primeras filas del autobús que la devolvería, más vieja y cansada, al lugar donde nació, trataba de reprimir las lágrimas. No quería que el resto de pasajeros la viera llorar. La última actuación de su vida estaba dedicada, en exclusiva, a la ciudad que la había izado a lo más alto para soltarla, cuando se hartó de su presencia, al vacío. Se valió, en su interpretación, de un mecanismo aprendido en teatro: cuando enseñaba al público únicamente su perfil, lloraba por un solo ojo, para no malgastar lágrimas. Así, en ese instante, en el ojo derecho, el único que se apreciaba a través de la ventanilla, comenzó a llover.
miércoles, 2 de febrero de 2011
Como agua para chocolate.
"Mi abuela tenía una teoría muy interesante, decía que si bien todos nacemos con una caja de cerillos en nuestro interior, no los podemos encender solos, necesitamos, como en el experimento, oxígeno y la ayuda de una vela. Sólo que en este caso el oxígeno tiene que provenir, por ejemplo, del aliento de la persona amada; la vela puede ser cualquier tipo de alimento, música, caricia, palabra o sonido que haga disparar el detonador y así encender uno de los cerillos. Por un momento nos sentiremos deslumbrados por una intensa emoción. Se producirá en nuestro interior un agradable calor que irá desapareciendo poco a poco conforme pase el tiempo, hasta que venga una nueva explosión a reavivarlo. Cada persona tiene que descubrir cuáles son sus detonadores para poder vivir, pues la combustión que se produce al encenderse uno de ellos es lo que nutre de energía al alma. En otras palabras, esta combustión es su alimento. Si uno no descubre a tiempo cuáles son sus propios detonadores, la caja de cerillas se humedece y ya nunca podremos encender un solo fósforo.
Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podrá dárselo.
(..)
Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos. Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil protegernos de su soplo.
(...)
Claro que también hay que poner mucho cuidado en ir encendiendo los cerillos uno a uno. Porque si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos de un solo golpe producen un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino. El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene, dejando al cuerpo inerte…"
Si eso llega a pasar el alma huye de nuestro cuerpo, camina errante por las tinieblas más profundas tratando vanamente de encontrar alimento por sí misma, ignorante de que sólo el cuerpo que ha dejado inerme, lleno de frío, es el único que podrá dárselo.
(..)
Por eso hay que permanecer alejados de personas que tengan un aliento gélido. Su sola presencia podría apagar el fuego más intenso, con los resultados que ya conocemos. Mientras más distancia tomemos de estas personas, será más fácil protegernos de su soplo.
(...)
Claro que también hay que poner mucho cuidado en ir encendiendo los cerillos uno a uno. Porque si por una emoción muy fuerte se llegan a encender todos de un solo golpe producen un resplandor tan fuerte que ilumina más allá de lo que podemos ver normalmente y entonces ante nuestros ojos aparece un túnel esplendoroso que nos muestra el camino que olvidamos al momento de nacer y que nos llama a reencontrar nuestro perdido origen divino. El alma desea reintegrarse al lugar de donde proviene, dejando al cuerpo inerte…"
jueves, 27 de enero de 2011
Un recuerdo.
A medida que el tiempo va echando tierra sobre los recuerdos, algunos quedan tan enterrados, que parece nunca ocurrieron.
Quizá fuera un sueño que hace unos años y a un océano Atlántico de distancia de dónde se encontraba ahora, presa del miedo a la soledad y a la tristeza, le jurara que si se iba, no podría superarlo. Pero ni ese lance desesperado frenó su marcha. Entonces, aprendió que a veces, sólo a veces, es mejor no decir la verdad. Aunque aquel ultimátum que sentía tan real en aquel momento, resultara, más tarde, una gran mentira.
Quizá fuera un sueño que hace unos años y a un océano Atlántico de distancia de dónde se encontraba ahora, presa del miedo a la soledad y a la tristeza, le jurara que si se iba, no podría superarlo. Pero ni ese lance desesperado frenó su marcha. Entonces, aprendió que a veces, sólo a veces, es mejor no decir la verdad. Aunque aquel ultimátum que sentía tan real en aquel momento, resultara, más tarde, una gran mentira.
miércoles, 19 de enero de 2011
Un cuento para ti.
Finalmente, había conseguido domar su salvaje melena ondulada, dándole la forma de un moño de bailarina de ballet, y para que ningún mechón travieso se desbordara, lo rodeó con un lazo rojo. Ahora ya estaba casi lista para salir. Se pintó los labios de rojo y se dirigió a su bar favorito.
El lugar tenía mucho encanto: la decoración, desde el papel pintado de las paredes a los sillones tapizados por enésima vez, estaba tan pasada de moda, que daba al local, paradójicamente, un toque de modernidad.
En el techo, sobre la esquina de la barra, se apreciaba la única ruptura con esa atmósfera bohemia: un router wifi. El dueño del bar sabía que ese trasto estropeaba un poco el ambiente creado, pero era un tipo práctico y no estaba dispuesto a seguir perdiendo clientes en favor del cibercafé que había un par de calles más allá.
Elena se sentó en su ubicación preferida, sacó el portátil de su funda y lo encendió. Pidió un café solo y le recordó al camarero que no quería el sobrecito de azúcar, que a ella le gustaban los sabores auténticos. Comenzó entonces a escribir un email a su hermana Lucía, explicándole que en su última visita al laboratorio había descubierto que el olor a tierra mojada se debía a un hongo del suelo llamado “estreptomyces”. Al enviar esta información, sonrió maliciosamente, sabedora de que acababa de romper cualquier encanto que tuviera para la destinataria ese olor. Pensó, divertida, que la teoría de que la ignorancia es la felicidad, debería tener el siguiente corolario: “En ocasiones, la ignorancia preserva la hermosura de las cosas”.
Para endulzar un poco estas ideas, comenzó a soñar acerca de todos los descubrimientos que le faltaban por realizar.
Y mientras ella divagaba, el resto de mesas fueron ocupadas, así que cuando llegó él, no tenía lugar donde sentarse.
Este nuevo personaje miraba a su alrededor, con cara de decepción, hasta que Elena reparó en su presencia y, a pesar de no conocerle, le indicó con la cucharilla – que, por otra parte, sólo servía para marear la bebida amarga- que podía sentarse frente a ella.
Él se fijó en que la chica de moño de bailarina le hacía señas y, tras darle las gracias, se sentó en el lugar indicado, y pidió una copa de vino tinto.
Cuando llegó el camarero con lo ordenado, él comenzó a agitar la copa con un ligero movimiento de muñeca y presumió ante Elena de conocer, únicamente mediante ese meneo al líquido, si el vino tenía más o menos contenido alcohólico.
Elena respondió, riendo, que ella también lo sabía: dependía de si el vino al caer por la copa formaba lo que se conoce como “lágrima”.
Él se sonrojó al darse cuenta de que había pecado de vanidoso. Al bajar la mirada, se fijó en los curiosos zapatos que llevaba la muchacha: eran planos, cubrían sus tobillos, tenían cordones, eran de ante marrón y pensó que servirían perfectamente para hacer senderismo – e incluso dar volteretas– por cualquier pradera.
Elena se dio cuenta de la atención que recibía su calzado, y a la pregunta no formulada contestó:
– Son para bailar mejor.
El lugar tenía mucho encanto: la decoración, desde el papel pintado de las paredes a los sillones tapizados por enésima vez, estaba tan pasada de moda, que daba al local, paradójicamente, un toque de modernidad.
En el techo, sobre la esquina de la barra, se apreciaba la única ruptura con esa atmósfera bohemia: un router wifi. El dueño del bar sabía que ese trasto estropeaba un poco el ambiente creado, pero era un tipo práctico y no estaba dispuesto a seguir perdiendo clientes en favor del cibercafé que había un par de calles más allá.
Elena se sentó en su ubicación preferida, sacó el portátil de su funda y lo encendió. Pidió un café solo y le recordó al camarero que no quería el sobrecito de azúcar, que a ella le gustaban los sabores auténticos. Comenzó entonces a escribir un email a su hermana Lucía, explicándole que en su última visita al laboratorio había descubierto que el olor a tierra mojada se debía a un hongo del suelo llamado “estreptomyces”. Al enviar esta información, sonrió maliciosamente, sabedora de que acababa de romper cualquier encanto que tuviera para la destinataria ese olor. Pensó, divertida, que la teoría de que la ignorancia es la felicidad, debería tener el siguiente corolario: “En ocasiones, la ignorancia preserva la hermosura de las cosas”.
Para endulzar un poco estas ideas, comenzó a soñar acerca de todos los descubrimientos que le faltaban por realizar.
Y mientras ella divagaba, el resto de mesas fueron ocupadas, así que cuando llegó él, no tenía lugar donde sentarse.
Este nuevo personaje miraba a su alrededor, con cara de decepción, hasta que Elena reparó en su presencia y, a pesar de no conocerle, le indicó con la cucharilla – que, por otra parte, sólo servía para marear la bebida amarga- que podía sentarse frente a ella.
Él se fijó en que la chica de moño de bailarina le hacía señas y, tras darle las gracias, se sentó en el lugar indicado, y pidió una copa de vino tinto.
Cuando llegó el camarero con lo ordenado, él comenzó a agitar la copa con un ligero movimiento de muñeca y presumió ante Elena de conocer, únicamente mediante ese meneo al líquido, si el vino tenía más o menos contenido alcohólico.
Elena respondió, riendo, que ella también lo sabía: dependía de si el vino al caer por la copa formaba lo que se conoce como “lágrima”.
Él se sonrojó al darse cuenta de que había pecado de vanidoso. Al bajar la mirada, se fijó en los curiosos zapatos que llevaba la muchacha: eran planos, cubrían sus tobillos, tenían cordones, eran de ante marrón y pensó que servirían perfectamente para hacer senderismo – e incluso dar volteretas– por cualquier pradera.
Elena se dio cuenta de la atención que recibía su calzado, y a la pregunta no formulada contestó:
– Son para bailar mejor.
lunes, 10 de enero de 2011
Insomnio
Muchas noches, apenas duerme.
En la oscuridad de la habitación, acostado, intercala momentos en que mantiene los ojos abiertos, vigilante por si el sueño viene, con instantes en que los cierra, apretando los párpados con fuerza, frustrado e impaciente.
El mecanismo de contar ovejas parece una broma cruel, cuando el número supera al de churras y merinas que pastan, indiferentes a insomnios ajenos, por los campos de España.
En invierno, pese a la calefacción y a cobijarse bajo sábanas térmicas, dos mantas y un edredón, el frío se le cuela por los huesos. Entonces, su cuerpo recuerda la posición que tomó en el útero materno, y con los codos y las muñecas flexionadas, agarra todas las capas para ajustarlas bien alrededor de su cabeza.
La situación no mejora en verano, ya que las sábanas más finas le producen un calor insoportable y el sudor que emana hace que se conviertan en su segunda piel; cuando las aparta a un lado o simplemente las arranca del colchón, la corriente de aire que provoca le produce escalofríos y vuelve a cubrirse con la sábana empapada, repitiendo el mismo ciclo una y otra vez.
En ambos extremos climáticos, a la mañana siguiente, el resultado es el mismo: tiene todos los músculos doloridos, como si en lugar de haber estado tumbado hubiera participado en unas cuantas peleas.
Dicen que las preocupaciones quitan el sueño, pero últimamente, no tiene ninguna. Bueno, una tan sólo, carecer de preocupaciones. Parece que esto también puede quitar el sueño.
En la oscuridad de la habitación, acostado, intercala momentos en que mantiene los ojos abiertos, vigilante por si el sueño viene, con instantes en que los cierra, apretando los párpados con fuerza, frustrado e impaciente.
El mecanismo de contar ovejas parece una broma cruel, cuando el número supera al de churras y merinas que pastan, indiferentes a insomnios ajenos, por los campos de España.
En invierno, pese a la calefacción y a cobijarse bajo sábanas térmicas, dos mantas y un edredón, el frío se le cuela por los huesos. Entonces, su cuerpo recuerda la posición que tomó en el útero materno, y con los codos y las muñecas flexionadas, agarra todas las capas para ajustarlas bien alrededor de su cabeza.
La situación no mejora en verano, ya que las sábanas más finas le producen un calor insoportable y el sudor que emana hace que se conviertan en su segunda piel; cuando las aparta a un lado o simplemente las arranca del colchón, la corriente de aire que provoca le produce escalofríos y vuelve a cubrirse con la sábana empapada, repitiendo el mismo ciclo una y otra vez.
En ambos extremos climáticos, a la mañana siguiente, el resultado es el mismo: tiene todos los músculos doloridos, como si en lugar de haber estado tumbado hubiera participado en unas cuantas peleas.
Dicen que las preocupaciones quitan el sueño, pero últimamente, no tiene ninguna. Bueno, una tan sólo, carecer de preocupaciones. Parece que esto también puede quitar el sueño.
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