La impaciencia es uno de mis muchos defectos y, en aquel caso, se tradujo en distancias erráticas entre los números, diferencias en el tamaño de las cifras y varios desconchones torpemente remendados.
Desde entonces, me he estado preguntando si realmente se puede denominar “reloj de sol” a un objeto toscamente moldeado en barro que, desde su nacimiento, fue condenado a las sombras.

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