La primera vez que la vi, estaba ejecutando su número en aquel antro llamado “Deseos”. El ambiente estaba cargado, flotaba en el aire humo de cigarro y puros, y olía a sudor rancio. Pero allí estaba ella, iluminada bajo los focos morados, vestida para matar.
En cuanto entré, sus ojos se desviaron hacia mí, supongo que destacaba por mi traje impecable y mi gabardina gris entre tanto hombre que contemplaba cómo movía su trasero, babeando. Así que al acabar su baile erótico bajó del escenario por unas escaleras laterales hasta el lugar de la barra en el que yo tomaba mi whisky.
— No te conozco. Nunca has pisado por aquí antes. ¿Quién eres? – me inquirió.
— Señorita, aquí las preguntas las hago yo. Soy el detective Ernesto Gómez.
Ella se ruborizó, no estaba acostumbrada a que la llamaran señorita, pero el cariz formal de mis palabras no borró su sonrisa pícara.
— Has venido por la desaparición de Verónica, ¿verdad?
— Por su muerte, para ser más precisos. Esta mañana ha aparecido su cuerpo, cosido a balazos en un callejón. En su mano, asía fuertemente un broche en forma de flor con una esmeralda en el centro, manchado con su propia sangre, creemos que era su posesión más preciada, quizá la única con algo de valor.
— Eso es terrible – dijo ella clavando la mirada en mi vaso, y cambiando de tema comentó - Había oído que los policías no pueden beber en sus horas de trabajo.
— No estoy trabajando, es un asunto personal. Era la hermana de mi compañero.
— Cuanto lo siento. Yo la conocía bien, lleva – hizo una pausa tras darse cuenta del error en el tiempo verbal elegido- llevaba bailando varios años en este local.
— ¿Puede contestarme a unas preguntas? Pero en un lugar más tranquilo, ¿podemos ir a su camerino?
— Claro, te contestaré a lo que quieras.
Ya en el camerino, pude observarla mejor. Era hermosa, tenía el pelo rubio y rizado, y unas piernas largas y torneadas, decoradas con medias de rejilla. Poco más llevaba, una especie de vestidito negro de gasa por el que se entreveían la forma de sus pechos y un minúsculo tanga. Se sentó en su silla, frente al tocador, cruzó las piernas que acababan en unos tacones rojos imposibles y comenzó a hipnotizarme con el leve movimiento circular de la pierna que estaba encima. Sí, debió hipnotizarme porque no atendí a ninguna de sus respuestas, que, por otra parte, no eran nada reveladoras, se limitaba a decir que no sabía nada. Y seguía moviendo su pierna.
Como un bobo me dejé engatusar. Y terminamos enredados en un viejo sofá de cuero que había en su camerino.
— No sé tu nombre — le dije de pronto.
— Puedes llamarme Marilín. Me gusta que me llamen así, por la actriz, ¿sabes?
Me puse los pantalones y la camisa y me fui de aquél lugar bochornoso, con la misma información con la que había llegado y aún algo aturdido por el desarrollo de los acontecimientos.
A la noche siguiente volví, esta vez con la cabeza más serena. O eso pensaba, porque en cuanto me vio la rubia Marilín, me hizo un gesto con la mano, para que la siguiera, y como perro fiel, fui tras sus pasos, guiado por su olor, hasta el mismo sofá.
Y así durante una semana.
El octavo día me invitó a su casa y allí me dijo: —Vámonos. Salgamos de aquí, de esta ciudad apestosa.
No quise contestar, me avergonzaba confesarle que mi vida estaba más llena de mugre que aquel lugar.
Ella vio en mis ojos que no me iría a ningún lado y mucho menos con una cabaretera, así que cogió la pistola que usó para matar a la bailarina que osó decir que era más guapa que ella, la pobre Verónica, y descargó todas sus balas sobre mi cuerpo. En mi último instante de vida alcancé a ver, sobre la repisa de una ventana, un marco con una foto en la que se veía a mi bailarina preciosa, con el broche prendido en el vestido. Había sido un imbécil.
El detective ya no le oyó decir, entre carcajadas, —Tengo que hablarte de la muerte de Verónica…
viernes, 26 de marzo de 2010
jueves, 18 de marzo de 2010
Cosas que pasan (I)
Últimamente, su cabeza más que el soporte de ideas y sombreros, parece una especie de caldero mágico en el que echar los ingredientes de alguna pócima con quién sabe qué propiedades. Y es ella misma la que maneja la cuchara de palo, y da vueltas y vueltas al contenido. Qué mareo. Le gustaría saber hacer el pino para que todos los añadidos a este mejunje quedaran parados temerosos ante situación tan inestable y dejaran de darle la lata; pero es una mujer con los pies en la tierra, también en ese sentido. La primera y última vez que trató de hacer equilibrios, fue obligada por la musculosa profesora de educación física, asignatura que debería ser prohibida por ley en su opinión (baste mencionar que su récord personal de flexiones es de 4, aunque entre las féminas era una cifra más que honrosa, ya que alguna hacía media flexión, es decir, subía el cuerpo desdoblando los codos y se desplomaba); el caso es que esa vez que sus pies querían tocar las nubes y sus ojos ver el panorama desde otra perspectiva, oyó un cloc procedente de su cuello y como ella es algo exagerada y miedosa, ya no quiso volver a probar. Que para virguerías ya está la gente del Cirque du Soleil, se dijo entonces.
Así que no le queda otra que seguir con tanta lío en la cabeza. Tantos pros y contras que se apelmazan en la cabeza. Que sí, que no, que quizá más tarde.
Puf.
¿Cómo va a ser que una carnicera se enamore de un vegetariano?
Así que no le queda otra que seguir con tanta lío en la cabeza. Tantos pros y contras que se apelmazan en la cabeza. Que sí, que no, que quizá más tarde.
Puf.
¿Cómo va a ser que una carnicera se enamore de un vegetariano?
viernes, 12 de marzo de 2010
Hoy ha muerto Delibes.
Desde pequeña, mi padre me inculcó la afición por los libros.
Otra de sus grandes aficiones, la caza, no ha podido compartirla con sus dos hijas, que nunca mostraron interés en aprender del manejo de la escopeta.
Delibes es uno de los autores preferidos de mi padre, por buen narrador, por cazador y por castellano que escribe sobre su tierra (que también es la nuestra).
Hoy ha muerto el autor de "El camino", una novela que leí siendo niña, como lo eran sus protagonistas, y que me dejó una gran huella.
He escogido un fragmento de esta novela para recordar hoy a Miguel Delibes:
"Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera.
Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas. Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo y a estupor desproporcionado e irreflexivo.
El corazón se le redondeaba, entonces, a impulsos de un sentimiento de alegría completo y armónico. Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. Había que tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne tañir de las campanas."
Otra de sus grandes aficiones, la caza, no ha podido compartirla con sus dos hijas, que nunca mostraron interés en aprender del manejo de la escopeta.
Delibes es uno de los autores preferidos de mi padre, por buen narrador, por cazador y por castellano que escribe sobre su tierra (que también es la nuestra).
Hoy ha muerto el autor de "El camino", una novela que leí siendo niña, como lo eran sus protagonistas, y que me dejó una gran huella.
He escogido un fragmento de esta novela para recordar hoy a Miguel Delibes:
"Es expresivo y cambiante el lenguaje de las campanas; su vibración es capaz de acentos hondos y graves y livianos y agudos y sombríos. Nunca las campanas dicen lo mismo. Y nunca lo que dicen lo dicen de la misma manera.
Daniel, el Mochuelo, acostumbraba a dar forma a su corazón por el tañido de las campanas. Sabía que el repique del día de la Patrona sonaba a cohetes y a júbilo y a estupor desproporcionado e irreflexivo.
El corazón se le redondeaba, entonces, a impulsos de un sentimiento de alegría completo y armónico. Al concluir los bombardeos, durante la guerra, las campanas también repicaban alegres, mas con un deje de reserva, precavido y reticente. Había que tener cuidado. Otras veces, los tañidos eran sordos, opacos, oscuros y huecos como el día que enterraron a Germán, el Tiñoso, por ejemplo. Todo el valle, entonces, se llenaba hasta impregnarse de los tañidos sordos, opacos, oscuros y huecos de las campanas parroquiales. Y el frío de sus vibraciones pasaba a los estratos de la tierra y a las raíces de las plantas y a la médula de los huesos de los hombres y al corazón de los niños. Y el corazón de Daniel, el Mochuelo, se tornaba mollar y maleable — blando como el plomo derretido— bajo el solemne tañir de las campanas."
sábado, 6 de marzo de 2010
La maleta.
—Estaba soñando contigo cuando sonó el timbre. Otras veces es el despertador con su alarma estridente el que me roba de las ensoñaciones en que reapareces. Odio cuando eso sucede porque, al menos cuando los sueños acaban por sí mismos, a la mañana siguiente, no recuerdo tu presencia en ellos. Pero de esta manera, me despierto confusa, creyendo que aún estás por ahí. Y sólo me quedan dos opciones: o bien, sobrevivir y pelear durante todo el día contra recuerdos y nostalgias, la realidad de las ausencias; o bien, rendirme, y si puedo permitirme quince minutos más de vida subconsciente, tratar de volver a dormirme y dejar que otro sueño borre tu rastro.
Eso quise contarte cuando vi que eras tú el que llamaba a la puerta. Pero, como otras veces, de reencuentros amargos en los que inicialmente no sé muy bien qué decir o qué hacer, me quedé callada, esperando que fueras tú quién rompiera el hielo.
Estas divagaciones, ya despierta, fueron alentadas, cuando observé que en el suelo a tu lado había una maleta: tu vieja maleta de cuero, la que llevábamos a cada uno de nuestros viajes.
En mi último sueño contigo, también portabas una maleta, pero no era ésta, era una nueva, de plástico duro y resistente, una “moderna”, preparada para esos tratos "delicados" que reciben las de su género en el aeropuerto; quizá más adecuada para volar horas sobre océanos, recorriendo mundo, o volar muchos minutos para volver a vernos.
Yo prefiero la tuya, que huele a sal porque una vez llegamos ansiosos de mar a ese pueblo costero que nos vería felices aquel verano y fuimos directos con ella a la playa, y terminó empapada de agua salada.
Ahora sí que estaba perdida. En el sueño, traías la maleta para devolverme los buenos tiempos, mientras yo te miraba dolida, pero sin lágrimas (ocurre que en esos momentos malos mis ojos se quedan secos, será por el shock, ya se deshidratarán más tarde, en soledad).
—Buenos días — dijiste finalmente, algo perplejo por mi cara de ida.
—Hola. ¿Qué llevas en la maleta? — una vez abierta la boca me arrepentí, ya había hablado más de la cuenta.
— Está vacía. He venido a buscarte. Y nada necesito si tú me acompañas.
Como respuesta a esta invitación, encerré los miedos en casa, te cogí de la mano y nos fuimos agarrados tú y yo y la esperanza.
Eso quise contarte cuando vi que eras tú el que llamaba a la puerta. Pero, como otras veces, de reencuentros amargos en los que inicialmente no sé muy bien qué decir o qué hacer, me quedé callada, esperando que fueras tú quién rompiera el hielo.
Estas divagaciones, ya despierta, fueron alentadas, cuando observé que en el suelo a tu lado había una maleta: tu vieja maleta de cuero, la que llevábamos a cada uno de nuestros viajes.
En mi último sueño contigo, también portabas una maleta, pero no era ésta, era una nueva, de plástico duro y resistente, una “moderna”, preparada para esos tratos "delicados" que reciben las de su género en el aeropuerto; quizá más adecuada para volar horas sobre océanos, recorriendo mundo, o volar muchos minutos para volver a vernos.
Yo prefiero la tuya, que huele a sal porque una vez llegamos ansiosos de mar a ese pueblo costero que nos vería felices aquel verano y fuimos directos con ella a la playa, y terminó empapada de agua salada.
Ahora sí que estaba perdida. En el sueño, traías la maleta para devolverme los buenos tiempos, mientras yo te miraba dolida, pero sin lágrimas (ocurre que en esos momentos malos mis ojos se quedan secos, será por el shock, ya se deshidratarán más tarde, en soledad).
—Buenos días — dijiste finalmente, algo perplejo por mi cara de ida.
—Hola. ¿Qué llevas en la maleta? — una vez abierta la boca me arrepentí, ya había hablado más de la cuenta.
— Está vacía. He venido a buscarte. Y nada necesito si tú me acompañas.
Como respuesta a esta invitación, encerré los miedos en casa, te cogí de la mano y nos fuimos agarrados tú y yo y la esperanza.
domingo, 28 de febrero de 2010
Justicia poética.
Supuso que se trataba de una cuestión de justicia poética.
El mismo día que su mal carácter combinado con una pésima jornada en el trabajo le hicieron gritar a su pareja “Si no te gusta lo que hay, ya sabes dónde está la puerta”, señalando con el dedo índice la salida, un poco de aceite caliente saltó desde la sartén cuando preparaba la cena, para achicharrar ese dedo sentenciador.
Y ahora la ausencia temporal de otra personita en la casa, unida a la ampolla de su dedo, le recuerdan que debería aprender a tener la boca cerrada y a controlar su mala leche.
El mismo día que su mal carácter combinado con una pésima jornada en el trabajo le hicieron gritar a su pareja “Si no te gusta lo que hay, ya sabes dónde está la puerta”, señalando con el dedo índice la salida, un poco de aceite caliente saltó desde la sartén cuando preparaba la cena, para achicharrar ese dedo sentenciador.
Y ahora la ausencia temporal de otra personita en la casa, unida a la ampolla de su dedo, le recuerdan que debería aprender a tener la boca cerrada y a controlar su mala leche.
domingo, 21 de febrero de 2010
La máquina de escribir.
Aquella noche de invierno, en que no dejaba de nevar fuera, decidió abrir por primera vez el regalo que le hizo su padre antes de morirse. Habían pasado 5 años, pero nunca se atrevió a hacerlo antes, había guardado demasiado rencor a ese hombre que sólo en sus últimos meses de vida, cuando yacía medio moribundo en la cama de un hospital, mostró algo de cariño a sus descendientes. El regalo conscientemente olvidado era una máquina de escribir marca Olivetti, que usaba su abuelo, el padre de su padre, de profesión escritor, aunque de condición bastante mediocre.
La desembaló con cuidado y admiró su belleza. Era azul, con las teclas negras. Cogió una bayeta y con sumo cuidado le quitó el polvo de los días. Que él supiera, su padre jamás había presionado una sola tecla, como jamás había hablado bien de su abuelo, al que se refería como “pobre infeliz”. Él siempre pensó que la forma en que su progenitor les trataba a él y a sus hermanos era la consecuencia de una falta de cariño que había sufrido en su propia piel inflingida por quien más quería.
Él nunca tuvo intereses literarios, ni escribía ni era un gran lector. Se conformaba con leer los periódicos de información general y la prensa deportiva. Así que volvió a dejar la máquina de escribir, ya despojada de las motas del pasado en su caja y se fue a dormir.
Según pasaban los días, empezó a encontrarse extraño. Montones de palabras se agolpaban en su cabeza, chocándose y formando frases que lógicamente se ordenaban para dar lugar a cientos de párrafos. Tenía jaquecas constantes y un malhumor perenne.
Un impulso le llevó, en una noche más en vela, a tirar de un manotazo todo lo que había encima de su escritorio e ir a buscar la Olivetti junto con un paquete de 500 folios. Y pulsación a pulsación, fue extrayendo de su cabeza tanta sílaba unida perversamente. Estuvo horas escribiendo, no sabía cuántas, pero veía cómo se habían hinchado sus muñecas y tenía callos en los dedos que presionaban las letras más repetidas. Para acompañar su desvelo, el viento gélido bufaba tras los cristales. Y en el interior de la casa, la chimenea encendida algunas horas antes, chisporroteaba con ganas. Cada tanto, él se levantaba para desentumecer sus piernas y avivar la llama. Quién sabe cuántos minutos más tarde, escribió el punto final de aquel bodrio de novela, que por fin había abandonado su cabeza, liberándole. Y puesto el último folio sobre los 347 anteriores, les dio unos golpecitos contra la mesa, para que ninguna hoja sobresaliera frente al resto, y los echó al fuego con rabia.
Pero conforme se iban quemando esas letras escritas en la máquina maldita, otras nuevas se incorporaban a un nuevo baile en su cabeza.

Foto hecha por mi hermana Elena.
La desembaló con cuidado y admiró su belleza. Era azul, con las teclas negras. Cogió una bayeta y con sumo cuidado le quitó el polvo de los días. Que él supiera, su padre jamás había presionado una sola tecla, como jamás había hablado bien de su abuelo, al que se refería como “pobre infeliz”. Él siempre pensó que la forma en que su progenitor les trataba a él y a sus hermanos era la consecuencia de una falta de cariño que había sufrido en su propia piel inflingida por quien más quería.
Él nunca tuvo intereses literarios, ni escribía ni era un gran lector. Se conformaba con leer los periódicos de información general y la prensa deportiva. Así que volvió a dejar la máquina de escribir, ya despojada de las motas del pasado en su caja y se fue a dormir.
Según pasaban los días, empezó a encontrarse extraño. Montones de palabras se agolpaban en su cabeza, chocándose y formando frases que lógicamente se ordenaban para dar lugar a cientos de párrafos. Tenía jaquecas constantes y un malhumor perenne.
Un impulso le llevó, en una noche más en vela, a tirar de un manotazo todo lo que había encima de su escritorio e ir a buscar la Olivetti junto con un paquete de 500 folios. Y pulsación a pulsación, fue extrayendo de su cabeza tanta sílaba unida perversamente. Estuvo horas escribiendo, no sabía cuántas, pero veía cómo se habían hinchado sus muñecas y tenía callos en los dedos que presionaban las letras más repetidas. Para acompañar su desvelo, el viento gélido bufaba tras los cristales. Y en el interior de la casa, la chimenea encendida algunas horas antes, chisporroteaba con ganas. Cada tanto, él se levantaba para desentumecer sus piernas y avivar la llama. Quién sabe cuántos minutos más tarde, escribió el punto final de aquel bodrio de novela, que por fin había abandonado su cabeza, liberándole. Y puesto el último folio sobre los 347 anteriores, les dio unos golpecitos contra la mesa, para que ninguna hoja sobresaliera frente al resto, y los echó al fuego con rabia.
Pero conforme se iban quemando esas letras escritas en la máquina maldita, otras nuevas se incorporaban a un nuevo baile en su cabeza.
Foto hecha por mi hermana Elena.
lunes, 15 de febrero de 2010
Una gran decepción.
Cuando yo iba al instituto, tendría unos 17 años, me encantaba la Filosofía (eso no ha cambiado). Una mañana, el profesor barbudo y místico nos explicó una teoría metafísica denominada “solipsismo”. Nos dijo que si él fuera solipsista, sólo podría estar seguro de su propia existencia, y de nada más. Yo escuchaba boquiabierta, en parte, porque cada palabra de ese hombre sabio estaba envuelta en un halo de verdad universal, para una pequeña altamente impresionable.
—¿Entonces, el resto de las personas, el resto de las cosas que vemos, que podemos percibir a través de los sentidos?— preguntó un compañero.
—De ellas no puedo afirmar su verdad— respondió el profe, totalmente metido en su papel de solipsista. —Pueden ser creaciones de mi mente, así que quizá yo te estoy inventando, como he ideado esa pregunta, como he dibujado esta clase, tu pupitre o la pizarra.
Yo estaba fascinada y como por aquel entonces tenía muchos pájaros en la cabeza (eso tampoco ha cambiado), me dirigí a casa caminando muy despacio, por si acaso no me daba tiempo a ir inventando los adoquines y las carreteras con sus aceras antes de dar el paso y terminaba en el vacío, en un abismo negro que, finalmente, sería fruto de mi invención más terrorífica. Si otras veces, jamás reparé en detalles a lo largo del camino, esta vez me sentía obligada a mirar a cada lado, a cada viandante, a cada coche, a cada tienda, a cada perro siendo paseado o paseando a su dueño (a veces no está claro); y mi sonrisa era cada vez mayor, sin hacer esfuerzos, ahí estaba yo, máxima deidad, pintando un mundo variado y tan elaborado. Qué maravilla.
Eso sí, si yo me creía poderosa Diosa, como nueva solipsista, ¿no le pasaría lo mismo a mi profesor y a todo el mundo en general? Me contesté enseguida que no, que sólo yo era consciente de esto que me pasaba, que el profesor había sido una invención más de mi subconsciente, para revelarme mis facultades infinitas y sacarme de esa ignorancia anterior.
El primer día del resto de una vida estupenda, pensé. Todos soñamos alguna vez con construirnos una vida a la medida. Sólo tenía que concentrarme e imaginar. Crear. Colorear.
Así que al llegar a casa, saludé a mis padres y mi hermana muy alegre, con un montón de planes en el bolsillo. Después de comer me encerré en mi habitación con varios cuadernos y bolígrafos para dejar escrito mi mundo ideal, un mundo que otros sólo podrían anhelar. Estuve toda la tarde anotando cómo debería cambiar todo. Algunas cosas eran obvias, como por ejemplo, convertir mi piso en un palacio entre las nubes, acorde con mi posición suprema en el universo por mí creado, además de cambiar el instituto por un lugar donde seguir formándome, pero a otro nivel, con clases adecuadas a mi carácter (y sin Biología, total, si yo había creado animales, plantas y el planeta tierra y, en general, todo el universo, en algún lugar de mi mente estaría todo eso que aborrecía estudiar). Otras eran más altruistas, encaminadas al bienestar de mi pueblo, de mis muñequitos pseudo humanos que se consideraban personitas autónomas, pobres ilusos, jamás volvería a crear situaciones que los pusieran en peligro de ninguna manera.
Me acosté muy cansada. Es agotador dirigir el mundo, pensé. Lógicamente unos planes tan detallados requieren un cierto tiempo de cocción, así que dormí y soñé cómo se solucionaba cada conflicto en el mundo y cómo me construían el palacio.
A la mañana siguiente, mi hermana me despertó tirándome una almohada a la cabeza. Miré por la ventana y vi el patio de luces de mi piso. Puse las noticias, como cada mañana, y ahí estaban, las mismas desgracias de cada día. Y, en ese momento, me puse a llorar. Mi madre creyó que era porque me estaba volviendo muy empática (que también), pero lo cierto es que pensé que ser lo de ser solipsista era un timo y desde entonces, el barbudo no me pareció más que un hippie loco.
—¿Entonces, el resto de las personas, el resto de las cosas que vemos, que podemos percibir a través de los sentidos?— preguntó un compañero.
—De ellas no puedo afirmar su verdad— respondió el profe, totalmente metido en su papel de solipsista. —Pueden ser creaciones de mi mente, así que quizá yo te estoy inventando, como he ideado esa pregunta, como he dibujado esta clase, tu pupitre o la pizarra.
Yo estaba fascinada y como por aquel entonces tenía muchos pájaros en la cabeza (eso tampoco ha cambiado), me dirigí a casa caminando muy despacio, por si acaso no me daba tiempo a ir inventando los adoquines y las carreteras con sus aceras antes de dar el paso y terminaba en el vacío, en un abismo negro que, finalmente, sería fruto de mi invención más terrorífica. Si otras veces, jamás reparé en detalles a lo largo del camino, esta vez me sentía obligada a mirar a cada lado, a cada viandante, a cada coche, a cada tienda, a cada perro siendo paseado o paseando a su dueño (a veces no está claro); y mi sonrisa era cada vez mayor, sin hacer esfuerzos, ahí estaba yo, máxima deidad, pintando un mundo variado y tan elaborado. Qué maravilla.
Eso sí, si yo me creía poderosa Diosa, como nueva solipsista, ¿no le pasaría lo mismo a mi profesor y a todo el mundo en general? Me contesté enseguida que no, que sólo yo era consciente de esto que me pasaba, que el profesor había sido una invención más de mi subconsciente, para revelarme mis facultades infinitas y sacarme de esa ignorancia anterior.
El primer día del resto de una vida estupenda, pensé. Todos soñamos alguna vez con construirnos una vida a la medida. Sólo tenía que concentrarme e imaginar. Crear. Colorear.
Así que al llegar a casa, saludé a mis padres y mi hermana muy alegre, con un montón de planes en el bolsillo. Después de comer me encerré en mi habitación con varios cuadernos y bolígrafos para dejar escrito mi mundo ideal, un mundo que otros sólo podrían anhelar. Estuve toda la tarde anotando cómo debería cambiar todo. Algunas cosas eran obvias, como por ejemplo, convertir mi piso en un palacio entre las nubes, acorde con mi posición suprema en el universo por mí creado, además de cambiar el instituto por un lugar donde seguir formándome, pero a otro nivel, con clases adecuadas a mi carácter (y sin Biología, total, si yo había creado animales, plantas y el planeta tierra y, en general, todo el universo, en algún lugar de mi mente estaría todo eso que aborrecía estudiar). Otras eran más altruistas, encaminadas al bienestar de mi pueblo, de mis muñequitos pseudo humanos que se consideraban personitas autónomas, pobres ilusos, jamás volvería a crear situaciones que los pusieran en peligro de ninguna manera.
Me acosté muy cansada. Es agotador dirigir el mundo, pensé. Lógicamente unos planes tan detallados requieren un cierto tiempo de cocción, así que dormí y soñé cómo se solucionaba cada conflicto en el mundo y cómo me construían el palacio.
A la mañana siguiente, mi hermana me despertó tirándome una almohada a la cabeza. Miré por la ventana y vi el patio de luces de mi piso. Puse las noticias, como cada mañana, y ahí estaban, las mismas desgracias de cada día. Y, en ese momento, me puse a llorar. Mi madre creyó que era porque me estaba volviendo muy empática (que también), pero lo cierto es que pensé que ser lo de ser solipsista era un timo y desde entonces, el barbudo no me pareció más que un hippie loco.
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